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Puntualizaciones analíticas sobre tratamientos en adicciones. 

Actualizado: 9 jun








Lic. Félix Chiaramonte.

 

Perspectivas  Estar en la práctica del psicoanálisis, como clínica que hace existir al sujeto del inconsciente, y trabajar desde hace unos treinta años en instituciones públicas de asistencia a personas adictas a las drogas, con consumos compulsivos que van más allá del lugar del usuario de sustancias psicoactivas, implica leer e interpretar la intersección posible de esos dos discursos: uno, el del analítico, y en el otro, su reverso, el del amo (por más amable que sea) que define según sus políticas públicas, lo que es esperable en un individuo de esta sociedad.   Hay un punto de partida que es la nominación social de un síntoma generalizado, las adicciones en este caso, que según la orientación del practicante propiciará o no un vector hacia la chance singular de cada sujeto. Perspectiva de un tratamiento casi imposible, muy difícil, que se sitúa frente al horizonte autístico y mortífero del goce toxicómano.   Los grupos monosintomáticos, que forman asociaciones o intervienen como parte interesada o siendo asistida en los dispositivos estatales, reconducen a muchos individuos a nombrarse como adictos a distintas sustancias, comportamientos o vivencias que los sostienen en la cuerda floja como a los funámbulos, equilibristas que encuentran en su caída la red de una nueva identidad, que luego les tendrá reservada la partícula “ex”.

  En esta época del Otro que no existe, de eclipse de los ideales, en donde son más posibles las identificaciones de masas, se consolidan las “comunidades de vida”, reunidas en torno a las prácticas de goces compartidos y ya no en relación a un significante que ordene y organice una existencia, a la manera de una religión, una utopía política o una ocupación laboral.   Como sostiene en su libro La clínica del vacío, Massimo Recalcati, psicoanalista italiano, se trata de asumir la metáfora social como producto histórico de la época de la inexistencia del Otro, y posibilitar el trabajo en pequeños grupos para desmasificar, como menciona Eric Laurent, en El lugar del psicoanálisis en las instituciones: “La práctica de los grupos con sujetos que buscan ayuda, como anoréxicos o bulímicos, permite oponer un uso desmasificador del grupo al uso que se dirige a reforzar la identificación imaginaria. La posición del analista, lo que éste hace pasar de su deseo, es crucial para ir contra la tendencia a la uniformidad en el grupo”.

  La operación analítica, a través del pequeño grupo, extrae lo particular subjetivo de la homogeneidad falsamente monosintomática de lo universal. Cito de Recalcati: “La interpretación del analista confiere mayor valor a la no-coincidencia que, a la coincidencia, a lo diferente que, a lo semejante, a la centrifugación metonímica que, a la identificación de lo Uno al Otro, con el fin de permitir una captación sobre lo particular del sujeto".

Algunas respuestas sociales  Es notorio que las respuestas institucionales, aunque no las únicas, son las predominantes a la hora de asistir en tratamientos a los que padecen una adicción. Francisco Hugo Freda lo plantea en una intervención en El Otro que no existe y sus comités de ética de Jacques Alain Miller y Eric Laurent: “La institución en este sentido es un primer momento de trabajo. La cuestión es saber hasta qué punto este trabajo puede marcar en el sujeto, en su subjetividad, un antes y un después, cosa que anteriormente sólo marcaba la droga.”.  Las opciones de tratamiento, tanto en las intervenciones desde la abstinencia del tóxico o en la variante de la reducción de daños, son oportunidades para distinguir, además de posiciones teóricas, cuestiones políticas que cada profesional de la “salud mental” debe conocer, si quiere involucrarse en lo que hace.

  En un texto sobre los objetos a en la experiencia analítica, Eric Laurent planteaba, utilizando algunos elementos de los matemas lacanianos, las diferentes alternativas de las propuestas contemporáneas para los tratamientos en adicciones: el del Amo, que ordena cuál ideal hay que seguir en función de rechazar las drogas, en la abstención absoluta; el del Saber, que enseña e indica cuáles son los modos de cuidarse, con un programa que pone al individuo como alguien a quien educar y curar, de modo pedagógico; el del Objeto, que propone la sustitución de una droga por otra sustancia que mitiga los daños y riesgos para un individuo; y la del Sujeto, que intenta descifrar lo que opera en esa otra práctica tóxica, un lugar analítico que posibilita un encuentro con la palabra y con la verdad del inconsciente de cada cual.

Una práctica clínica

  El lugar de la adicción tiene en Sigmund Freud, desde un principio, la definición de un hábito que se asume compulsivamente, es decir un oxímoron que combina esos dos elementos contrapuestos. El "no puedo dejar de hacerlo" demuestra e intenta anular la división del sujeto del inconsciente.

  Encontrar sujetos perdidos en alguna adicción, es algo que puede verificarse en lo social, en general, y en la práctica clínica, en particular. La posición analítica de interrogar acerca de la historización subjetiva, localizar el momento en que la adicción comenzó, los proyectos o la ausencia de los mismos, hará desplegar una trama significante que intentará hacer perder consistencia a algún objeto ideal o ayudará a encontrar una diferencia en la monotonía de ese goce, aun cuando el de la palabra le vaya en zaga respecto a su intensidad.

  La gran diferencia que inaugura Freud es no aceptar la violencia de la hipnosis o la sugestión como tratamiento, y proponerse entonces ese nuevo dispositivo del psicoanalista que espera a quien lo solicite, transferencia mediante, que asocie libremente para subjetivar su propia experiencia del malestar. Ceder a la identificación con el asistido en nombre del humanismo se traduce en una confusión que nos lleva más hacia la ignorancia revestida de buenas intenciones; quedarse indiferente refugiándose en el papel del burócrata, frente a cualquier sufrimiento, es el principio de la banalidad del mal; analizar para intervenir, es la ética que guía otra práctica, una que intenta dar espacio al deseo de cada uno, teniendo en cuenta el contexto, pero sin retroceder un ápice en nuestra perspectiva. -

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