Clase 7: La realidad del sujeto en el deseo
- 10 jun
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Actualizado: 22 jun
Enseñante: Félix Chiaramonte

Propuesta:
Párrafos seleccionados (Pág 268 - 269)
“Los símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo a aquellos que van a engendrarlo ¨por el hueso y por la carne”, que aportan a su nacimiento con los dones de los astros, si no con los dones de las hadas, el dibujo de su destino, que dan las palabras que lo harán fiel o renegado, la ley de los actos que lo seguirán incluso hasta donde no es todavía y más allá de su misma muerte, y que por ellos su fin encuentra su sentido en el juicio final en el que el verbo absuelve su ser o lo condena –salvo que se alcance la realización subjetiva del ser-para-la-muerte.
Servidumbre y grandeza en que se anonadaría el vivo, si el deseo no preservase su parte en las interferencias y las pulsaciones que hacen converger sobre él los ciclos del lenguaje, cuando la confusión de las lenguas se mezcla en todo ello y las órdenes se contradicen en los desgarramientos de la obra universal.”
“Pero este deseo mismo, para ser satisfecho en el hombre, exige ser reconocido, por la concordancia de la palabra, o por la lucha de prestigio, en el símbolo o en lo imaginario.
Lo que está en juego en un psicoanálisis, es el advenimiento en el sujeto de la poca realidad que este deseo sostiene en él en comparación con los conflictos simbólicos y las fijaciones imaginarias como medio de su concordancia, y nuestra vía es la experiencia intersubjetiva en que ese deseo se hace reconocer.
Se ve entonces que el problema es el de las relaciones en el sujeto de la palabra y del lenguaje.”
Trabajaremos sobre la cuestión de un sujeto que nace en un mundo simbólico que lo precede, un destino y una ley simbólica que lo determina más allá de la vida y la muerte, con la importancia de las palabras, con la referencia de Heidegger del ser para la muerte.
Asimismo, el deseo como demanda de reconocimiento y qué quiere decir esa “poca realidad de deseo”. También acerca de la intersubjetividad y cómo pasa Lacan de una esperanza en el diálogo a lo irreductible de un objeto a que es causa y producto a la vez.
Intentaré hacer una conexión con un Escrito anterior: La agresividad en psicoanálisis, además de una articulación con el retorno a Freud en mixtura con Levi-Strauss.
Finalmente, relacionar con las lecturas que vengo haciendo del Seminario del Acto psicoanalítico de Lacan, y algunas menciones de Miller en Silet y El ultimísimo Lacan, e incluso un contrapunto de Freud en los caminos de la terapia psicoanalítica.
Además, acercaré referencias extra analíticas con la historia de los signos de puntuación y las peculiaridades de la voz humana.
Bibliografía:
Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica. Sigmund Freud.
Lacan y Levi Strauss o el retorno a Freud (1951-1957) Markos Zafiropoulos.
Donc. Clase X El concepto de deseo. Jacques Alain Miller.
Silet. Clase II El reverso de Lacan. Clase IX Del deseo al goce.
Cómo la puntuación cambió la historia. Bärd Borch Michalsen.
La voz humana. Giorgio Agamben.
Derivas analíticas del siglo. La trama secreta. Germán García.
Reseña:
La clase toma como eje dos pasajes fundamentales de Función y campo de la
palabra y del lenguaje en psicoanálisis de Jacques Lacan para interrogar la
relación entre lenguaje, deseo y sujeto. A partir de ellos, se despliega una lectura
que muestra cómo el sujeto humano está atravesado desde antes de su
nacimiento por una trama simbólica que lo precede y lo determina, aunque nunca
de manera absoluta.
El primer movimiento de la exposición se centra en la tesis de que el sujeto nace
en un universo de significantes ya constituido: nombres, genealogías, ideales
familiares, mandatos y expectativas. Lacan describe esta condición mediante la
imagen de una “red” simbólica que envuelve la vida humana y le otorga
coordenadas de sentido incluso antes de que el sujeto exista biológicamente. Sin
embargo, la clase subraya que esta determinación no es completa. Allí donde el
lenguaje organiza la existencia, emerge también el deseo como aquello que
resiste a toda captura totalizante. El deseo aparece entonces como el punto
singular que introduce una discontinuidad en la maquinaria simbólica y que impide
reducir al sujeto a sus identificaciones o a los mandatos del Otro.
La referencia a Heidegger del ser-para-la-muerte permite destacar la tensión
entre la dependencia estructural respecto del lenguaje y la posibilidad de una
asunción subjetiva de la propia finitud. No obstante, se señala que para Lacan
incluso la relación con la muerte se encuentra mediada por el orden simbólico. De
este modo, la clase presenta el deseo como el lugar donde se juega la
singularidad irreductible del sujeto frente a las determinaciones que lo constituyen.
El segundo eje se organiza alrededor de la afirmación lacaniana según la cual el
deseo humano busca reconocimiento. A diferencia de una necesidad biológica, el
deseo se sostiene en el campo del Otro y busca hacerse reconocer ya sea por la
vía simbólica de la palabra o por la vía imaginaria de la lucha de prestigio. La
exposición articula este planteo con la influencia de Hegel y Kojève, pero destaca
que el descubrimiento freudiano del inconsciente introduce una diferencia decisiva:
lo que está en juego en el análisis no es simplemente el reconocimiento, sino la
emergencia de un deseo inconsciente que excede al yo y a sus identificaciones.
Uno de los aportes más interesantes de la clase consiste en vincular estos
desarrollos con La agresividad en psicoanálisis (1948). Allí Lacan había mostrado
que el yo se constituye a través de identificaciones imaginarias sostenidas por
relaciones de rivalidad, competencia y agresividad. Desde esta perspectiva, la
“lucha de prestigio” mencionada en Función y campo aparece como una
consecuencia estructural de la constitución narcisista del yo. El análisis no tendría
entonces como finalidad fortalecer al Yo ni a sus pavoneos, sino atravesar las
capturas imaginarias para posibilitar otra relación con el deseo.
La dimensión clínica ocupa un lugar central. La transferencia negativa, las
resistencias, las ausencias, los retrasos o las reacciones terapéuticas negativas
son leídas como manifestaciones de las respuestas del yo en la experiencia
analítica. En este contexto, la posición del analista exige una impasibilidad que
evite alimentar las rivalidades imaginarias. La función analítica no consiste en
ofrecer ideales ni adaptaciones normativas, sino en operar sobre las
identificaciones que representan sufrimiento subjetivo.
Finalmente, la clase establece un recorrido que va desde la intersubjetividad del
primer Lacan hasta las elaboraciones posteriores sobre el objeto a, el acto
analítico y el sinthome. Las referencias a Jacques-Alain Miller, Eric Laurent y
Germán García permiten mostrar que el análisis conduce del deseo de
reconocimiento al reconocimiento de un deseo, y de allí hacia el encuentro con un
real singular de goce. En esta perspectiva, el acto analítico implica una caída de
las identificaciones que organizaban la existencia del sujeto, produciendo una
discontinuidad que modifica su relación con el deseo.
Y también hay algo por destacar en esta clase, y es cuando ubica un nuevo
deseo que es el deseo del analista, algo inédito en cualquier filosofía y en
cualquier otra práctica clínica. Justamente eso que implica el lugar singular de un
análisis lacaniano no se confunde con los que han pregonado la identificación al
analista en la psicología del Yo, o la vuelta al redil de todos los descarriados en
goces interminables como si la psiquis fuese una máquina descompuesta que
debe ir al taller. Tampoco pretende ser un consejero de almas perdidas ni un
conservador que sigue los ideales de “todo tiempo pasado fue mejor”; no se trata
del pasatista que se anota en todas las modas y va por el lado hippie de la vida, o
anotarse en una perspectiva jurídica de género, o una militancia por una nueva
política, que es tan vieja como el mundo, o una religión olvidada pero nunca
deshecha. No se trata de un hedonismo sostenido en el deseo por objetos de los
que se colman o de los que se carece en cualquier sociedad capitalista o
comunista, ni de un escepticismo que entiende que no hay nada nuevo bajo el sol,
ni de las ventajas del discurso de la tecnociencia invadida cada vez más por la
inteligencia artificial y sus algoritmos que lo sabrían todo de cada quien, ni de un
cinismo hipermoderno que no cree más que en su goce masturbatorio repetido.
Incluso en este mundo ya robotizado se cree predecir todo, menos los impasses
del sujeto de un deseo que no se sabe, y que habla a través de sus metáforas y
de sus síntomas, que se desliza en su metonimia y también en sus sorpresas, y
que justamente es innombrable por su condición de inconsciente.
La tesis que atraviesa toda la exposición puede formularse así: el sujeto está
estructuralmente determinado por el lenguaje, pero nunca queda completamente
absorbido por él. Entre las identificaciones imaginarias, las determinaciones
simbólicas y el deseo inconsciente se abre el espacio propio de la experiencia
analítica, cuya finalidad no es la adaptación ni la armonía, sino el advenimiento de
una posición singular frente al deseo y al goce ignorado, para entonces sí, estar
advertido y decidir sobre ello.




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