"Apertura Jornada 2026"
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- hace 6 días
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Por Félix Chiaramonte
Buenos días a todos y todas.
Quiero comenzar agradeciendo sinceramente su presencia y el hecho de que hayan decidido acompañarnos en esta jornada.
Para nosotros es una gran alegría abrir este encuentro y también una oportunidad para decir algo que sentimos con mucho orgullo: APSaT cumple ya veinte años de trabajo sostenido.
Veinte años en los que intentamos, modestamente, sostener un espacio para el psicoanálisis en nuestra comunidad.
Fue justamente hace dos décadas cuando tuvimos el honor y la distinción de encontrarnos por primera vez en estas tierras —más precisamente en la Biblioteca Madero— con el escritor y psicoanalista argentino Germán García.
Para nosotros, desde entonces, Germán García ha sido nuestro asesor, mentor y maestro.
Pero sobre todo fue alguien que supo transmitir un modo de leer el psicoanálisis, un modo de pensar su práctica y también su lugar en la cultura.
Desde aquel primer encuentro comenzó a tomar forma una idea que, en su momento, parecía casi una fantasía: la de construir aquí una institución dedicada a la formación —o, mejor dicho, a la educación— de practicantes del psicoanálisis.
Una institución que pudiera sostener, en estas ciudades, San Fernando, Tigre, la zona norte, algo de la conversación analítica.
Con el tiempo, esa fantasía fue tomando forma.
Y hoy podemos decir que ese trabajo analítico se sostiene en algunos pilares que todos conocemos:el análisis personal,la supervisión de los casos clínicos,y la lectura y el estudio de los textos del psicoanálisis.
A esto se suma, naturalmente, el diálogo con otros saberes: científicos, artísticos, técnicos y culturales. Porque el psicoanálisis nunca se desarrolló aislado de su época.
Pero hoy no estamos aquí solamente para hablar de nuestra institución.
Estamos aquí para abrir una conversación sobre un tema que nos concierne directamente: los encuentros y desencuentros entre el psicoanálisis y el campo de la salud mental.
El título de esta jornada —Encuentros y desencuentros del psicoanálisis con la salud mental II— retoma una formulación propuesta hace algunos años por Germán García.
Una ocurrencia —diría— muy bien pensada, surgida poco tiempo después de la sanción de la ley de salud mental de 2010.
Ese título ya señala algo importante.
Se trata de pensar encuentros, pero también desencuentros.
Porque la relación entre el psicoanálisis y el campo de la salud mental nunca ha sido simple ni evidente.
Partir de la idea de que existe la salud pública, y que la expresión “salud mental” muchas veces funciona como un sintagma que evita nombrar directamente la enfermedad mental o la locura, puede ser un buen punto de partida para esta conversación.
Esto nos permite, tal vez, evitar ciertos lugares comunes.
Por un lado, los del discurso políticamente correcto de cierto progresismo que suele enunciar políticas sin preguntarse demasiado por los presupuestos económicos necesarios para sostenerlas.
Y, por otro lado, los lugares comunes de una ultraderecha que se dedica sistemáticamente a ajustar los presupuestos públicos destinados a los sectores más vulnerables —personas con discapacidad, adultos mayores, poblaciones precarizadas— mientras no deja de reforzar los privilegios de las oligarquías económicas.
Pero no venimos aquí a discutir las políticas generales del Estado.
Venimos, más bien, a pensar las políticas propias de nuestro campo: las del psicoanálisis, las de la psicología, las de la psiquiatría y, sobre todo, las que conciernen a cada sujeto en particular.
Por eso quisimos convocar a las mesas de esta jornada a colegas que puedan testimoniar y compartir sus reflexiones sobre lo que hoy ocurre en los distintos dispositivos de salud mental.
La idea es abrir un espacio para conversar, discutir y, por qué no, sostener algunas polémicas.
Pero hacerlo con respeto por las diferencias y también por las coincidencias que pueden surgir entre posiciones diversas, aun cuando no siempre persigamos los mismos fines.
Después de todo, compartimos un mismo campo de trabajo: el del sufrimiento psíquico.
En un artículo publicado en la revista Cuestionamos en marzo de 1972, Germán García escribió sobre lo que llamó “las aventuras del bien social”.
Allí formulaba una pregunta que sigue siendo provocadora.
Decía que, si el psicoanálisis fuese una pedagogía, entonces los analistas deberían ser simplemente hombres de bien, buenas personas capaces de transmitir ideales suficientemente humanos.
Pero enseguida introducía una pregunta decisiva:
¿Y si el psicoanálisis no tuviera ningún bien que ofrecer a la sociedad, salvo su posibilidad de dar cuenta de la estructura del deseo, incluso en aquello que el deseo tiene de profundamente asocial?
En ese texto García señalaba la desorientación de quienes pensaban que bastaba con abrazar una causa política —por ejemplo, una revolución social— para que se resolvieran los problemas de las neurosis producidas por la explotación económica.
Esto no significaba que el psicoanálisis estuviera contra la revolución.
Se trataba más bien de no ahogar, ni en la declamación política ni en la práctica militante, ese otro ámbito de la revolución que el psicoanálisis introdujo: el análisis del deseo.
Un análisis que parte de la escisión constitutiva del sujeto.
Un sujeto que no coincide consigo mismo.
Un sujeto que se encuentra dividido por el lenguaje.
Cuestiones que fueron descubiertas por Sigmund Freud y posteriormente formalizadas con gran precisión por Jacques Lacan.
Podríamos decir entonces que, en el país de la salud mental, los psicoanalistas no tenemos pasaporte.
Esta fórmula indica algo de la extraterritorialidad del psicoanálisis respecto del campo de la salud mental.
No porque el psicoanálisis esté fuera de los problemas que allí se presentan, sino porque su práctica no se deja reducir a los ideales normativos que suelen organizar las políticas de ese campo.
A diferencia de la psicología cuando se pone al servicio de los ideales de adaptación social, el psicoanálisis no puede comprometerse con la realización de objetivos previamente definidos —integración familiar, adaptación laboral, armonía comunitaria— como si se tratara de metas universales.
Si el inconsciente, como enseñó Lacan, no coincide con la cronología de la conciencia, entonces las causalidades subjetivas muchas veces se construyen retroactivamente, del final hacia atrás.
Por eso un desplazamiento meramente voluntarista hacia lo político difícilmente logre convencer, por ejemplo, a un melancólico de las virtudes de una sociedad mejor.
Ni tampoco podríamos decirle a un adicto que su particular modo de independencia respecto del mundo exterior —sostenido por una sustancia legal o ilegal— podría reemplazarse fácilmente por una reinserción social o una adaptación adecuada.
Pretenderlo sería, muchas veces, una estafa clínica.
El psicoanálisis no desconoce las determinaciones sociales ni las condiciones materiales de existencia de los sujetos.
Pero tampoco puede reducir el malestar humano a esas determinaciones.
Entre el sujeto y el orden social siempre queda un resto irreductible.
Un punto donde aparece el deseo.
Y es justamente allí donde el psicoanálisis tiene algo que decir.
Tal vez por eso resulte tan importante sostener espacios como este.
Espacios donde podamos pensar, discutir, intercambiar experiencias y también polemizar.
Porque si algo nos enseñó el psicoanálisis es que no hay clínica sin interrogación.
Y tampoco hay práctica posible si renunciamos a interrogar los discursos que organizan nuestra época.
Estas jornadas quieren ser, modestamente, un lugar para eso.
Un lugar para escuchar experiencias.Un lugar para confrontar posiciones.Un lugar donde las diferencias puedan decirse sin necesidad de borrarse.
Si durante estas mesas logramos que circule algo de ese trabajo —algo de esa conversación rigurosa y viva— entonces esta jornada habrá cumplido su propósito.
Porque si el psicoanálisis tiene algún lugar en el campo de la salud mental, no es el de ofrecer promesas de felicidad ni soluciones rápidas.
Su lugar es otro.
Es el de mantener abierta la pregunta por el deseo, incluso allí donde todos los discursos quisieran cerrarla. Y de saber responder analíticamente, desde la interpretación, el silencio, y la presencia.
Les agradezco profundamente porque sabemos que, sin el amor, el amor de transferencia, y el deseo, motor de la transferencia de trabajo, nada de esto sería posible.
Hoy estoy como presidente de Apsat, pero no lo soy como una certeza, el único que cree ser presidente es el loco, como aquel rey que se cree rey. Ese loco, lo diré con nombre y apellido, se llamaba Daniel Schreber , y es el que supo escribir en Memorias de un neurópata, algo que le hizo pensar a Freud en la semejanza de su teoría con el delirio del presidente del tribunal.
Los invito a comenzar con el trabajo.
Muchas gracias.




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