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Las vestimentas del cuerpo

Por Valeria López


No es una novedad que en la práctica clínica se escuchen quejas en relación a los malestares ligados a los avatares del cuerpo. En El malestar en la cultura Freud ya señalaba la caducidad del cuerpo propio como una de las fuentes de malestar.

Una particularidad de la época es que la atención se encuentra dirigida a la forma y al modo en que un cuerpo se presenta y se representa. Las referencias vinculadas a las vestimentas que se utilizan para cubrirlo tomaron un particular énfasis. Son frecuentes frases como: “mirá lo que se puso”, “no tengo qué ponerme”, “¿cómo me veo?”, etc. Las mismas revelan, por un lado, la primacía de una dimensión narcisista y, por el otro, que en esa apelación a la aprobación o desaprobación del Otro, su mirada es la que se convoca. En este último sentido, lo que queda señalado es el lugar de un deseo.


Para el psicoanálisis el cuerpo del que se trata es un cuerpo erógeno, habitado por el lenguaje, y por ello fragmentado. No es el cuerpo de la biología. No es el organismo, pero supone lo real de la carne. La pregunta que se nos presenta es cuál es la función de la vestimenta ante este cuerpo que no se rige por la anatomía. Germán García, en una entrevista titulada Cuerpo, mirada y muerte[1], orienta al respecto al señalar que la función del vestido es producir bordes, cortes sobre la superficie de esa carne. Y este es el modo de incorporarla al enigma del deseo del Otro.


Nos vestimos “para la ocasión”: eventos, fiestas, ceremoniales, funerales, profesionales, etc. Esto demuestra que la esencia de la moda supone la tendencia a la uniformidad , en la era del individualismo de masas, y que ella misma es un elemento más de la biopolítica. “La moda” participa de los discursos dominantes de cada época.


Más allá de ello, cada sujeto hace un uso particular de la misma. Damos a ver. La vestimenta sirve tanto para mostrar como para tapar algo. El cuerpo se propone a la mirada y a su vez algo se sustrae de la misma. En el mismo movimiento en que algo se oculta, eso se señala. De modo que el cuerpo y sus vestidos se convierten en un mensaje.


Los vestidos encarnan entonces el disfraz que encubre un imposible, el envoltorio de los fantasmas del deseo. En este sentido, funciona como ese semblante que tiene la función de velar nada. Se trata de la barrera de lo bello, que esconde lo que nadie tiene, como señala Jacques Alain Miller en De mujeres y semblantes.


En este punto cabe también pensar la función de la belleza, o lo bello, como un velo ante el horror de la carne y en última instancia, ante el horror de la muerte, y recordar aquí la posición crítica que presentaba Jacques Lacan en su séptimo seminario frente a toda estética, por considerarla represiva en nombre del “bien”, allí donde “lo bueno”, “lo lindo”, “lo bello”, funcionan como velos frente a lo real y la verdad.


En esa oferta universal de moda “para todos”, que bien sabe utilizar el mercado capitalista , entre el deseo y su intento de satisfacción se produce un consumo infinito de objetos: éstos nunca alcanzan, los objetos no nos salvan del vacío que nos habita.

Como señala Germán García, la angustia puede surgir cuando los elementos de la moda, encarnados en ciertos patrones sociales, no alcanzan para transformar la carne en un signo que sea leído en la clave del deseo. Cuando algo no hace de señuelo. Se puede gozar de los atributos, el problema es poder prescindir de ellos, soportar un cuerpo al desnudo.

Para concluir, una cita del mencionado escritor y psicoanalista argentino : “La belleza está suspendida de una mirada entre el cuerpo y el espejo. Esa mirada puede ser negada, se la puede obedecer, pero es imposible disolverla (...) podríamos decir que en la moda se da lo que no se tiene a quien no lo es”.



[1] Disponible en Archivo Virtual - Germán García: www.descartes.org.ar




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