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El instrumento de la palabra

Por Ornella Paciello


En el consultorio suena el teléfono, llega un mensaje de texto, aparece un pedido. En ocasiones hay una referencia directa o indirecta a quien recibe ese llamado; suelen decir: “Me pasaron su contacto”, “La escuela pide que mi hijo vaya al psicólogo”, “Quisiera comenzar terapia ¿Me puede dar un turno?”, etc. Al inicio hay una posible demanda que puede presentarse bajo una queja o un malestar; a veces es un síntoma que ya llega nominado y clasificado y otras -por ejemplo, en el caso de los niños- un comportamiento disruptivo que incomoda a los adultos. Pedidos “disfrazados”, que podremos recibir en nuestro consultorio, pero -para comenzar- no serán normativizados, ni patologizados.


Existe para la práctica psicoanalítica algo de mucha importancia: el valor que se le da a la palabra y la posibilidad de una escucha particularizada. Recordamos que Anna O., uno de los primeros casos de histeria tratado por Freud y Breuer, se refirió al método psicoanalítico como “The talking cure”, la cura por la palabra.


Quien consulta ignora la causa de su malestar pero comienza a hablar. Dándole lugar a la palabra se inicia un recorrido donde sus dichos cobrarán relevancia. Para el psicoanálisis existe la necesidad de separarse de la dimensión del acontecimiento fáctico o el relato sincrónico de los hechos, destacando la particularidad de los dichos. Quien habla desconoce la implicancia en sus dichos, pero quien escucha, si es un practicante del psicoanálisis, mediante sus intervenciones apuntará en otra dirección.


German García destaca este punto en su libro Diversiones psicoanalíticas y ubica -citando a Lacan- que se trata de “leer en la articulación de lo que se escucha”; si nos quedásemos en el plano simplificado de la escucha estaríamos del lado de la comprensión y “el analista se excluye de la satisfacción de escuchar.”


Salimos del campo del relato generalizado, introducimos el malentendido, no comprendemos, nos mantenemos a distancia de los ideales de la época. No por casualidad Freud insistió en no dejar el psicoanálisis en manos de la medicina, la iglesia o las instituciones educativas. El creador del psicoanálisis consideró necesario la condición de extraterritorialidad con la intención de fundar un discurso que no sea absorbido por el discurso amo imperante de la época. Con esa intención funda la IPA en 1910, en búsqueda de que el psicoanálisis pueda ser aprendido, ejercido y difundido. Incluso recordemos la insistencia y lucha de Freud en el reconocimiento de aquellos psicoanalistas que no eran médicos, llamados “laicos”.


En el escrito Función y campo de la palabra, Jacques Lacan destaca como tarea del psicoanalista que éste pueda resaltar en aquello que escucha, el valor de ciertas sutilezas en el discurso del sujeto. Es función de él, ir en búsqueda de aquel término significativo, “…tomando el relato de una historia de vida cotidiana por un apólogo que a buen entendedor pocas palabras, una larga prosopopeya por una interjección directa, o al contrario un simple lapsus por una declaración harto compleja y aún el suspiro de un silencio por todo el desarrollo lírico al que suple.” [1]


Ir de los hechos a los dichos no es suficiente, es necesario un segundo paso. El paso siguiente es que se logre cuestionar la posición que toma aquel que habla con relación a sus propios dichos y las posibles resonancias de sus palabras.


Solo la experiencia analítica permite localizar la implicancia del sujeto en sus dichos y apuntar al deseo inconsciente mediante la interpretación, pues el deseo es su interpretación. Resaltar el valor de la palabra como instrumento es importante para ubicar su interés y singularidad en el dispositivo analítico



[1] Lacan, J.: Escritos 1, "Función y campo de la palabra", Ed. Siglo veintiuno, pág. 245.


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