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Algunas consideraciones sobre psicoanálisis con niños


Por Ornella Paciello



La clínica psicoanalítica , en particular con niños, implica tener en cuenta una serie de consideraciones específicas . En primer lugar, despejar cuál es el motivo que lo trae a consulta. En este punto no debemos olvidar un detalle: el niño es traído por un adulto que escucha o ve en él una situación que no puede abordar. Muchas veces los pedidos de consulta suelen ser referenciados por instituciones escolares o, incluso, otros profesionales. Pero para el psicoanálisis las coordenadas aún no están jugadas. El analista no es el representante del padre, ni de la madre, ni debe responder rápidamente a los discursos imperantes de la época: son cuestiones que debemos considerar y aprender a sortear.

En el libro “De la infancia a la adolescencia”, Jacques Alain Miller escribe un artículo que captó mi especial interés, se titula “Niños violentos”. Alguna vez hemos recibido en el consultorio estos pequeños que vienen acompañados de muchas significaciones preasignadas, son los disruptivos, los que pegan a sus compañeritos o rompen cosas; quienes eventualmente no se quedan quietos o siempre pelean en clase. Miller los llama “los alborotadores”, en nuestro léxico creo que tendrían otro tipo de nominación: quilomberos. A consecuencia de esto, incluso suelen quedar aislados y provocan gran malestar principalmente en la comunidad educativa. Nadie sabe bien qué se debe hacer. La escuela convoca a los padres y sugiere una consulta. Si la familia llega, por recomendación o referencia a un psicoanalista esto es lo que podría llegar a pasar.

En primera instancia preguntamos al niño y tratamos de ser minuciosos con el relevamiento de sus palabras. Abrimos este campo, le damos lugar a la posibilidad que aparezca el sujeto del inconsciente y tomamos distancia del significante asignado por otros. Escuchamos e intervenimos para que poco a poco ese niño pueda ir construyendo, en primer lugar, qué es lo que lo trajo hasta acá, prevalecemos lo que tiene para decir. Miller ubica ese encuentro y propone que la pregunta gire en torno a qué elección hizo y qué orientación adoptó ese niño, destacando que eso solo puede ser conocido après coup ya que al momento inicial se considera una “respuesta indeducible”, “una causalidad inasignable”.

El texto que mencioné anteriormente nos ofrece una puntualización interesante para pensar este tipo de situaciones. Se pregunta por el síntoma ¿Es la violencia un síntoma? Se pregunta por el diagnóstico diferencial ¿Qué lugar ocupa la violencia en cada estructura? ¿Estamos frente a un niño neurótico o psicótico?

Empecemos por la noción de síntoma. En “Inhibición, síntoma y angustia” (1926), Freud lo describe como: “…indicio y sustituto de una satisfacción pulsional interceptada, es un resultado de un proceso represivo.”[1]. El aparato psíquico, por medio de la represión, consigue coartar en el devenir consciente esa representación portadora de una moción desagradable y transformarla en un síntoma. Miller retoma esta definición en su artículo, para ubicar que la violencia como tal no es sustituto de una satisfacción, sino que justamente es la pulsión; allí no se observa incluso ningún tipo de proceso represivo. El niño encuentra en el hecho de romper, destrozar, destruir, una satisfacción en sí misma. Será tarea del psicoanalista ponerlo a trabajar para que pueda desplegar sus relatos y ocurrencias, y permitir por esta vía que esa agresividad sea transformada en un síntoma al modo en que lo entendemos en psicoanálisis.

En cuanto al diagnóstico diferencial Miller propone que nos preguntemos una serie de cuestiones, entre ellas: ¿Puede el paciente poner en palabras? ¿Es simbolizable? ¿Qué lugar tiene para ese niño esa carta de presentación que viene consigo? Romper, destruir, ¿Qué estatuto le podemos dar? ¿Escuchamos si está dirigido a Otro? ¿Hay una demanda en ese accionar? Se propone distinguir entre una respuesta posible donde la violencia se transforma en síntoma como demanda de amor a Otro (aquí cabría la definición de síntoma antes mencionada como sustituto de una satisfacción); y aquella donde funciona o se pesquisa cierta huella paranoide/persecutoria.

“No aceptaremos a ciegas la imposición del significante “violento” por parte de la familia o la escuela. Eso solo puede ser un factor secundario. No ignoremos que hay una revuelta del niño que puede ser saludable y distinguirse de la violencia errática.”[2] (pag 62). A modo de conclusión, Miller enuncia su posición al proponer alojar esa revuelta.



[1]Freud, S.; Obras completas, tomo XX, “Inhibición, síntoma y angustia”, pág. 87, ed. Amorrortu. Buenos Aires- Madrid 2008.

[2] Miller J.A.; De la infancia a la adolescencia, “Niños violentos”, pág 62. Ed. Paidós, Buenos Aires 2020.

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