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Verdad encubridora



Por Valeria López


Lacan aborda el concepto de verdad desde varias perspectivas y esta noción sufre variaciones a lo largo de los años.

En los inicios de su enseñanza ubica a la verdad en el lugar de la causa -lo que determina el sufrimiento neurótico- y sostiene que es algo que se oculta, que no se revela fácilmente y que requiere trabajo de análisis para acceder a ella. También sitúa la verdad como ficción en el sentido que no se corresponde con hechos objetivos, sino que es una construcción simbólica. En este sentido se trata de pasar del hecho al decir. Lacan en su texto de La cosa freudiana, en su retorno a Freud, dice: “El sentido de un retorno a Freud es un retorno al sentido de Freud. Y el sentido de lo que dijo Freud puede comunicarse a cualquiera porque, incluso dirigido a todos, cada uno se interesará en él: bastará una palabra para hacerlo sentir, el descubrimiento de Freud pone en tela de juicio la verdad, y no hay nadie a quien la verdad no le incumba personalmente. Confesarán ustedes que es una idea bastante extraña la de espetarles esta palabra que suele considerarse casi de mala fama, proscrita de las buenas compañías. Pregunto sin embargo si no está inscrita en el corazón mismo de la práctica analítica, ya que ésta vuelve a ser constantemente el descubrimiento del poder de la verdad en nosotros y hasta en nuestra carne”.

Freud en su texto Recuerdos encubridores (1899), ya decía que todo recuerdo es encubridor. A partir de lo cual, tanto la verdad como la realidad ocupan otro lugar en la escena psicoanalítica. Lo importante será la producción subjetiva de cada quien, a la que se le debe dar un lugar de privilegio. No se trata de una adecuación a la realidad sino de lo que el sujeto hace, inventa, con lo que percibe. La realidad psíquica es la decisiva para el tratamiento de las neurosis. Luego, Freud se distancia de la función de la memoria en cuanto tal. Dirá: “Para los datos de nuestra memoria no existe garantía alguna”.

Lacan continúa con el concepto de verdad como efecto de la estructura del lenguaje: se relaciona con la gramática y el discurso.

Oscar Masotta, en su comentario sobre La carta robada, cuento de Edgar Allan Poe, advierte la diferencia de Lacan con los estructuralistas en la definición de discurso. El texto de Poe da cuenta de la teoría y la práctica psicoanalítica. La pretensión de ese texto es enseñar a leer a Freud a la letra -lejos de los desvíos sufridos- ya que se considera al mismo la maqueta de la teoría psicoanalítica. La lógica tiene que ver con el discurso y no con la razón. La repetición simbólica, se expresa magníficamente en el texto de Poe. Dice Lacan: “… es el orden simbólico que, para el sujeto, es constituyente, demostrando a ustedes en una historia la determinación mayor que el sujeto recibe del recorrido de un significante”.

Se trata de los efectos de determinación que supone la estructura del lenguaje -que opera por la vía del significante- sobre el sujeto. En el cuento, el significante es la carta y cada sujeto no es exterior a ese discurso que lo constituye. El sujeto activo en cada escena esta pasivamente ligado al registro de lo simbólico, al orden de la estructura. “La carta no olvida y quien la posee se trueca en sujeto, se convierte en el sujeto que deberá soportar los efectos que la carta transporta”. Lo olvidado retorna porque el significante no olvida. Hay varias entradas y roles de los personajes en torno a esa carta. Según Lacan la significación estructura al sujeto y no al revés. Mientras, el yo permanece en función de desconocimiento.

Avanzada su enseñanza, Lacan va a ubicar el lugar de la verdad en relación a lo real: el saber del goce estará en lugar de la verdad. La verdad que sólo puede medio decirse muestra otra verdad, la del goce.

Freud decía que sus histéricas le mentían. Eso -la "mentira"- sostiene el trabajo de transferencia en un intento de decir la verdad que conduce a su vez a lo reprimido que no se sabe. El discurso analítico busca una verdad legible, descifrable en relación al objeto a y al S2. Pero ese recorrido no es infinito, está determinado por un significante articulado con un goce que implica un cuerpo de goce. El goce en el cuerpo es el tope del significante infinito. Freud captó rápidamente esos nombres propios, que no son otra cosa que nombres de goce, como El hombre de los lobos, El hombre de las ratas.

Hacia el final de la enseñanza lacaniana, la verdad estará más allá de la simbolización, escapa a todo intento de conceptualización.

Se ubica que hay un recorrido epistémico en el que se parte de considerar a la verdad en tanto oculta y construida, se pasa por ubicarla como un efecto de estructura simbólica y se llega a la Verdad en mayúscula más allá de toda simbolización: es imposible articular la verdad total, y “precisamente debido a esta imposibilidad, la verdad aspira a lo real”.



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