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La esfera de Magdeburgo y la libido

Por Verónica Ortiz


Pensamos a la libido, con Freud, como una energía sexual, separada de otra clase de energía psíquica general: una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas que- en principio- podría medir procesos y trasposiciones en el ámbito de la excitación sexual [“Tres ensayos de teoría sexual”].


Jacques Lacan la concibe como un órgano. Un órgano irreal. Una especie de complemento anatómico (pero no biológico) que se perdería al nacer. No se trata para alguien solamente de venir al mundo, sino de advenir como sujeto en el mundo del lenguaje, con su objeto inmundo, y de la operación necesaria para hacerlo: un parto, un engendrarse a sí mismo, una partición: separere, se parere. De allí resultará un sujeto del inconsciente y un resto inasimilable, objeto para siempre perdido que, sin embargo, organizará el campo de todo lo que pueda ser dicho por alguien alguna vez en lo que dure su ex -sistencia.


Lacan eleva su órgano irreal- la libido- a la categoría de mito. Después de aludir [“Posición del inconsciente”] al mito platónico de la caverna y a ese otro de Aristófanes - seres completos castigados por los dioses, condenados por toda la eternidad a buscar su mitad perdida-, propone uno nuevo: el mito de la laminilla. La laminilla, el omelette, la placenta, la ameba: un órgano irreal- porque no es imaginario, sino algo enchufado directamente en lo real. Un órgano que precede a lo subjetivo y lo condiciona. “A esto es a lo que nuestro mito, como cualquier otro mito, se esfuerza en dar una articulación simbólica, más que una imagen.”


“Nuestra laminilla representa aquí esa parte del viviente que se pierde al producirse éste por las vías del sexo”, escribe Lacan quien, al igual que Freud, deja a la sexualidad humana indefectiblemente ligada a la muerte.


Un ser temible.


Mortífero, ultraplano- atributo que lo habilita a pasar por debajo de las puertas- omnisciente, inmortal, carente de aparato sensorial, ya que se guía por lo real puro. Si se lo cortara de un tajo, pulularían nuevos brotes.


“No sería fácil, en efecto, obviar a los caminos de sus ataques, por lo demás, imposibles de prever, puesto que asimismo no conocería obstáculo a ellos. Imposible educarla. Lo mismo ponerle trampas.”


Lacan asegura que el hombre (…y la mujer, el ser diciente-según lo tradujera Oscar Masotta) perdería la batalla al enfrentarse con un ser de estas características. E imagina una única salida: encerrarla. ¿Dónde? En una esfera de Magdeburgo.


Los hemisferios de Magdeburgo eran un par de grandes hemisferios de cobre que se ajustaban con un anillo de acoplamiento formando una esfera y que se utilizó para demostrar el poder de la presión atmosférica. La demostración consistió – allá por 1656- en intentar separar ambos hemisferios por medio de caballos que tiraban en direcciones opuestas una vez sellados los bordes con grasa y extraído el aire de su interior mediante una máquina neumática, creando un vacío.


Encerrar la libido en un vacío… ¡vaya empresa! Pero sería necesario, además, que entrase toda, y por sí misma. Porque nadie se atrevería a ponerle las manos encima. Y debería resultar de tal modo que varios caballos no tuvieran la fuerza necesaria para liberarla de nuevo. Es decir, aun esta trampa fallaría.


La libido puede también concebirse como un órgano no solo porque es un resto desprendido de una operación de parto en el lenguaje, sino debido a que es un instrumento del organismo. Desliza el ser del organismo hasta su verdadero límite, que va más allá que el del cuerpo. Es en este punto donde resulta útil una referencia a la etología: el concepto de “territorio”.


Sepamos, entonces, lo que nuestro objeto mítico no es: ese concepto general banalizado y extrapolado del campo del psicoanálisis- desprovisto del rigor que le confiere su lugar y su tensión con los otros términos de la teoría analítica- que figura en los prospectos de cierta medicación psiquiátrica, cuando se advierte que su ingesta podría “disminuir la libido”. La libido no puede pensarse sin su articulación a la estructura de montaje de la pulsión. La pulsión no puede pensarse sin deshacernos de la idea de instinto, y sobre todo, de instinto sexual. La sexualidad humana no puede pensarse sin el lenguaje. “La letra mata”, afirma Lacan, y es por tal motivo que toda pulsión es virtualmente pulsión de muerte.


A esta altura de su enseñanza, 1960- 1964, Lacan echaba mano a lo que estaba a su alcance para repensar la libido y la pulsión freudianas: los mitos griegos, el teorema de Stokes, la etología, la noción de ectopia, la reproducción sexual y asexual en la mitosis y la meiosis, la física de 1656 y hasta Lilith, temible ser femenino perteneciente a la tradición judía mesopotámica. Como escribía Germán García [La entrada del psicoanálisis en la Argentina], “los científicos pueden ser acusados de hacer literatura (imaginar, divagar, especular) y los humanistas de hacer ciencia (aplicar, explicar, alejarse de la verdad).” Pero Jacques Lacan no era ni lo uno ni lo otro. Era un psicoanalista. Alguien que, topándose en su práctica con algo que llamó objeto a, o incluso registro de lo Real, realizó enormes esfuerzos para cernir, aportar inteligibilidad, transmitir. ¿Qué cosa? La Cosa freudiana, que aparece como retorno de los efectos del lenguaje común repudiado en la constitución de la ciencia positiva.


Nos quedamos pensando, entonces, en el vacío atrapado en la esfera de Magdeburgo. Poderoso y mortífero. Un recurso a la física para explicar la libido freudiana.


“La pulsión tiene color-de-vacío”, escribió más adelante Jacques Lacan, un recurso al decir poético.



De Gaspar Schott - Otto von Guericke: Experimenta nova (ut vocantur) Magdeburgica de vacuo spatio, 1672.

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