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Por Pablo Rosas


En noviembre de 1976 en la ciudad de Vigo, España, Oscar Masotta indicaba que ningún trabajador de la salud debería ignorar el primero de los Tres ensayos para una teoría sexual, de Sigmund Freud, sobre las perversiones sexuales. Ello se debe a que a partir de este ensayo las perversiones cobran racionalidad, quedando integradas a una teoría sobre los trastornos psíquicos: la sexualidad humana es perversa, en tanto que no se trata en ella exclusivamente de la unión de los genitales de dos personas de distinto sexo al servicio de la reproducción de la especie. El discurso psicoanalítico se constituye, pues, sin necesidad de expulsar a las perversiones sexuales de su campo.

Las perversiones sexuales son indagadas por Freud en la constitución de su propio campo de conceptos, en particular, el concepto de pulsión (trieb), distinguiéndolo radicalmente del concepto de instinto animal. La pulsión, para el autor de ese ensayo, tiene una característica fundamental que la diferencia del instinto: la labilidad que la liga a su objeto. Con ello, la pulsión no tiene un objeto adecuado de manera natural; no es, entonces, una relación de determinación necesaria, sino ligada más bien al orden de la contingencia.


A partir de lo aquí expuesto, podríamos agregar que cada cultura selecciona cierta planificación sexual, esto es, una pauta para la organización de las expectativas sobre los roles sexuales. De manera que los planos sobre los papeles sexuales forman un tipo de pauta simbólica, permitiendo al hombre y a la mujer orientarse como tales respecto al otro, respecto al mundo que los rodea y respecto a los niños y niñas cuyo comportamiento deben adecuar a un estereotipo comúnmente aceptado.

Ahora bien, que el hombre y la mujer necesiten pautas simbólicas para orientarse como tales es indicativo que ni ser mujer ni ser hombre encierran todo un saber sobre sí mismos, dado biológicamente, lo cual da lugar a las preguntas: ¿qué es ser mujer? ¿qué es ser hombre? Preguntas que se abren en un análisis en busca de cierta orientación. ¿Por qué razón? Porque no se encuentran respuestas en un saber totalizador, dado biogenéticamente. Tampoco en lo simbólico, en el lenguaje como una respuesta terminante, inequívoca, en la que se encontraría la respuesta general. Solo encontramos pautas con las que orientarse, pero no sin cierto extravío.

Para el psicoanálisis, lo simbólico, el lenguaje, la palabra, eso que propiamente nos define como humanos no es un sistema lógico perfecto. En él queda un resto como en una ecuación matemática, un agujero en la red simbólica, un “real”, al decir de Lacan, por fuera de lo simbólico. Es a partir de ese real, de esa falla en el lenguaje, que el ser que habla pierde para siempre el orden puntual de la naturaleza, donde la sexualidad sí encuentra su proporción para ganar en la cultura ese extravío propio del deseo.

Naturaleza y cultura, orden y extravío. En la naturaleza, en efecto, cabe la relación sexual. Su orden permite la proporción entre la hembra en celo y el macho copulador en un encuentro al servicio de la especie. La cultura, marcada por el significante, se convierte en culturas donde la sexualidad se extravía en distintas formas y relaciones.


A partir de cambios en el campo social y cultural, lo jurídico toma en cuenta ahora a la auto percepción subjetiva en la elección de género que, modificando el paradigma biológico (hombre XX; mujer XY), ubica al niño/adolescente- con su vivenciar corporal subjetivo- como sujeto de derecho. Si bien tenemos en cuenta la ampliación de derechos de las diversidades sexuales, el sujeto de derecho no es el sujeto del inconsciente conceptualmente hablando. Así, la “identidad de género” en el campo de lo social/cultural es distinta de las “identificaciones” en el campo del psicoanálisis.

Retomando a Masotta: “La indagación freudiana de la sexualidad delimita un campo donde el sexo quedará aislado del saber, y en este sentido el campo del psicoanálisis es distinto al del saber de todos los días sobre el sexo: no porque el psicoanalista sabe más, sino porque separa el sexo del saber. El psicoanálisis es, entonces, no-sexología. Si los sexólogos tuvieran razón, el psicoanálisis no habría existido, puesto que no habría histéricos ni obsesivos ni fóbicos. La gente no se enferma porque ignora las reglas biológicas, sino porque hay algo bien enigmático en el sexo. Si la sexualidad ha de ser reprimida, como mostró Freud, la culpa no reside en la sexualidad misma, sino en lo que la sexualidad contiene de enigmático. Cuando se reprime es porque no se quiere saber nada de algo que exige ser reconocido. Ahora bien, lo que aquí exige ser reconocido es que no hay saber… unido al sexo”.




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