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Cuerpo indómito

Por Lorena Di Masso


“...el ser hablante adora su cuerpo porque cree que lo tiene.

En realidad, no lo tiene,

pero su cuerpo es su única consistencia

-consistencia mental, por supuesto,

porque su cuerpo a cada rato levanta campamento”.

J. Lacan, El Seminario, Libro XXIII.


A lo largo de la historia, una voluntad de dominio se instala en el cuerpo. Desde allí hará de las suyas o intentará hacerlo suyo.

Michel Foucault, en Vigilar y castigar, habló de la utilización de una “tecnología política” y de una “microfísica del poder” que se pone en marcha en el seno de los aparatos institucionales en una búsqueda permanente de que los cuerpos sean útiles y dóciles. Desde esta perspectiva, se trata entonces de imponer al cuerpo una voluntad de amo.

Desde el psicoanálisis, Freud situó tal voluntad - la del amo -, en la demanda anal proveniente del Otro, donde se articula un juego que se tensa entre la voluntad de poder de este Otro sobre el dominio corporal del niño y la resistencia o rechazo de éste a entregar su “regalo” - las heces - realizado por su propio cuerpo. Tensión o forcejeo que podrá replicarse una y otra vez al modo de un juego de fuerzas, donde lo que se mide es un poder de dominación.


Este afán de control y sometimiento no escapó entonces a las elaboraciones freudianas, que rápidamente dejaron perfilar que el amo intenta imponer al cuerpo del otro - y al propio - su voluntad y a la vez pretende imponerse como amo a las necesidades de ese cuerpo.


Por su parte, “...en este momento toda la problemática pasa por una problemática del cuerpo”, pronunció Germán García en una entrevista que le fuera realizada en el año 2007. Se refirió así al modo en que asistimos a la presencia de un cuerpo imposible de ignorar. No solo se trata del cuerpo a secas, sino de la ilusión que cada sujeto tiene de la posibilidad de su dominio: "Mi cuerpo, mi decisión; ¡Tu cuerpo es tuyo!". El sujeto se encuentra sometido a la creencia de ser, ahora, él mismo “amo” de su cuerpo, y paradójicamente queda atrapado siguiendo para sí, supuestas normas de bienestar dictadas por los discursos dominantes que inciden en cada época. Recetas estándar, lecciones de sabiduría bío, técnicas corporales, terapias milagrosas, fórmulas invasivas. No son más que disciplinas que "enseñan" a controlar el deseo y proponen un molde marcando el paso para llevar adelante una supuesta vida sin complicaciones ni padecimiento tanto en lo que al organismo se refiere como al campo de las relaciones.


No obstante ello, la naturaleza, el transcurso del tiempo y los avatares del encuentro siempre esquivo con el cuerpo del otro lo confrontan -al sujeto- con la imposibilidad: aunque intente negarlo, sortearlo, suturarlo, por la vía de la imagen o por lo real de las intervenciones sobre el organismo -que el avance de la ciencia y la tecnología ofrecen- lo real irrumpe, se impone y hace fracasar cualquier intento de programación. Cualquier pretensión de conocimiento de sí mismo, que solo puede tener lugar en el cuerpo bajo el modo de la higiene quedando a su vez al servicio del discurso del amo tiende a fracasar. El cuerpo no responde. Se presenta enfermo, fragmentado, dividido, en falla. No da respuesta acabada a los imperativos del Otro que lo apremian, ni tampoco a la angustia, al deseo y al goce que no responde a ninguna legislación y cuya paradoja es que, ante todo, es trauma, su lugar es el cuerpo y su exigencia es de satisfacción aún más allá del principio del placer.

Paul Valéry, en 1973, ubicó la adoración y el culto a “la máquina de vivir”. En este punto puede volverse al epígrafe de este artículo y a Jacques Lacan: “...el ser hablante adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad, no lo tiene (...) porque su cuerpo a cada rato levanta campamento”. (Lacan, S XXIII)


Lo sintomático se presenta como el reverso necesario del intento de gobierno de un cuerpo que se presenta indómito. El retorno del goce que se procura regular es irreducible. Puede leerse en esta clave también a J. Lacan, cuando dice que “...en el hecho de que el amo disponga del cuerpo del otro sin tener ningún poder sobre su goce, reside la función del a como plus de gozar” (Lacan, S XVI). Ahí, donde el sujeto por ser hablante está sujetado a las redes del lenguaje y donde el yo, aunque se crea amo de sí mismo, es otro constitutivamente, el a -objeto ligado al deseo- es lo más yo mismo, siendo a la vez externo por haber sido separado del cuerpo (Lacan, S X). Lo más propio es lo más ajeno.

En el punto donde el cuerpo se presenta perturbado y sufriente, desde el psicoanálisis, a partir de S. Freud y luego J. Lacan, ubicamos un acontecimiento discursivo que deja huellas y produce síntomas. Si en la Edad Media sus alteraciones -las del cuerpo- quedaban a cuenta de la posesión demoníaca, para el psicoanálisis ese cuerpo se diferencia del organismo y supone la incidencia de la sexualidad y del lenguaje, que lo recorta ignorando la anatomía. La cuestión es que el sujeto se disponga a leer y descifrar esas marcas.

Se trata del cuerpo atravesado por el dolor con el que Freud se encontró en los inicios, que ya había dejado pasmada a la medicina y a la ciencia de su época por no hallarle "solución", y a partir del cual descubrió el inconsciente.

Entonces es ese cuerpo, que levanta campamento, que se pronuncia destartalado, sintomático, y genera sufrimiento, lo que puede promover que alguien haga la experiencia de un análisis. Porque el psicoanálisis, al igual que la psiquiatría, la medicina y las otras técnicas, también opera sobre ese cuerpo imposible de tratar. Solo que lo hace por otros medios. Tal es el campo y el corazón de la operación analítica, que no se circunscribe a la dimensión de la historia y del lenguaje, sino que se orienta por lo real y que, como tal, forma parte de la serie de los imposibles freudianos: educar, gobernar, analizar.



Olímpicas, de Eduardo Arranz Bravo, 1967.


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