Reseña de la reunión del 3/10/2020 del módulo "Respuestas Analíticas a las adicciones", coordinado por el Lic. Félix Chiaramonte.

Por Ada Balaguer

“Una parte de mí,

una parte de mí dice: Stop!,

fuiste muy lejos,

no puedo contenerlo.

Trato de resistir,

trato de resistir

y al final no es un problema.

Qué placer esta pena.”

Charly García. Influencia.

Continuamos en la reunión del módulo analizando qué viene a decir el psicoanálisis acerca de los discursos presentes en las instituciones públicas o privadas que abordan la clínica de las adicciones. Para ello, seguimos retomando los conceptos del libro: Causa y consentimiento de Jacques Alain Miller (2019), en el que se puede leer lo siguiente: “Está claro que la ego psychology, esa desviación que se apoderó del psicoanálisis después de la Segunda Guerra Mundial, creyó establecerse, ante todo, en la vertiente de los complejos; en todo caso, el complejo de castración.”[1] Y continúa Miller diciendo que esa psicología del ego puso a la adaptación en el lugar de la castración. Para avanzar en esta crítica, el autor nos insta a entender lo que subyace a dicha sustitución, por un lado, un pseudo retorno a Freud y por el otro, evitar a toda costa a Lacan, sobre todo tergiversando o aprovechándose de lo que postula la teoría lacaniana. Por ello aclara que es cierto que la adaptación es uno de los modos de la castración, en tanto domesticación de la excitación, pero no en tanto dominio yoico. Dice Miller: “A nuestro turno, podemos dar a la castración nuestra significación, la lacaniana, que es la que hoy formulo: la castración es una sustitución: el lugar del Otro sustituye al goce –que es nuestro término, y el de Lacan, para libido, salvo que en Freud es una sustancia y en nosotros no es más que mito.”[2]

Las diferencias conceptuales quedan a la vista, por un lado, unos que desde la psicología del yo tratarán de que el sujeto se adapte y domestique su excitación, aprendiendo a gozar de la vida, como si se supiese qué es la vida y cómo gozarla: “Definir ese goce por la satisfacción que la vida misma aporta a un ser vivo alcanza para darle el carácter del autoerotismo. En esto, el goce como tal es del Uno y no del Otro.”[3]

Desde el psicoanálisis lacaniano, en cambio, se habla de castración del goce, pensada como una salida metafórica; metáfora que viene a introducir el lugar de Otro que sustituye el goce. Pero Lacan dice que ese Otro, el Otro del significante, se relaciona con la muerte, es por ello que para que dicha sustitución sea posible hay que tomar un cuerpo. ¿Para qué? Como dice Miller: “Hay que tomar el cuerpo del Otro para imaginar el goce del Otro y darle una apariencia de consistencia. Si el goce atañe a la vida, el Otro del significante atañe a la muerte.”[4] Este precepto que enuncia que el Otro del significante tiene que ver con la muerte, Lacan lo toma de Freud que lo aborda por el lado de los complejos. Lacan lo que hace, y así lo puntualizó Chiaramonte, es expresar en matemas los mitos freudianos. El Otro del significante, el padre muerto del mito de "Tótem y tabú" de Freud: “…el símbolo, en su valor de significante, siempre acarrea una mortificación.”[5] Y continúa Miller diciendo que para ejemplificar esa mortificación basta con observar cómo en los animales domésticos influye el hecho de esa domesticación, que los convierte en algo completamente distinto a que si vivieran en estado salvaje. ¿No es claro, que lo que aparece aquí es el concepto freudiano, tan fundamental en su teoría, de la pulsión de muerte?

Lacan ubica entonces en un mismo nivel al significante y a la muerte, por lo tanto, la lengua misma es una mortificación del goce.

Pero como nos explicita Chiaramonte, la metáfora entre el goce y el Otro nunca es completa, esa sustitución nunca es completa. Y toma de Lacan su idea de que todo el mundo delira en algún punto. Y nos explica que esto se correlaciona con la primera teoría de Lacan sobre la psicosis, en la que el goce está en lo imaginario y que todos pasamos por ese estadio. Lo que introduce la segunda teoría de Lacan sobre la psicosis, y por lo cual, no somos todos locos, es que es necesario limitar ese goce por la metáfora simbólica de lo imaginario. Pero también nos muestra que Lacan va un paso más: “…la metáfora simbólica de lo real –una metáfora que aplastamos bajo el término simbolización, pero que en verdad es un proceso de sustitución o de dominación por parte del significante.”[6]

 

Cuando esta metáfora fracasa, tenemos la psicosis y el pasaje al acto sería ese esfuerzo de simbolización: “…el sujeto psicótico no consiente “en borrarse ante el objeto que lo ha convertido en agujero”. Esto es lo que da sentido a la proposición de Lacan según la cual el sujeto, para causar el deseo del Otro, consiente “en borrarse ante el objeto que lo ha convertido en agujero.”[7]

Lo contrario ocurre con el sujeto del fantasma, continúa Miller, que sí consiente en borrarse, pero no todo. Y para explicarlo, toma el ejemplo de la histérica y la mirada: “Encontré el testimonio clínico de ello en cosas que algunos me han hecho notar. Por ejemplo, un rasgo particular de alguien, un 'escamotearse' a la hora de entrar en una habitación en la cual las miradas se dirigen a ella. Esto equivale a decir que, ante la mirada, para esa persona opera la metáfora.”[8]

 

[1](Miller, J. A. (2019) Causa y consentimiento. P. 318.

[2] Op. citado. P. 319

[3] Miller, J. A. Causa y consentimiento. P. 320

[4] Op. citado. P.320

[5] Op. citado. P.320

[6] Miller, J: A. Causa y consentimiento. P. 330

[7] Op. citado. P. 331

[8] Op. citado. P.331

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