Clase 5

"Hay que aprender a ser silencio”  Pablo Rosas

 7 de agosto de 2020

Reseña de Virginia Gilardi

Pablo Rosas inicia su clase con un humilde homenaje a nuestro maestro Germán García en el sentido de las lecturas cuando uno las toma en el marco de una institución como es Apsat, la seriedad que implica leer y no solo un repetir textos. 

Así retoma la palabra como pacto y la palabra como muerte, como lo indica el mismo Germán García en la página 29 de Fundamentos de la clínica analítica, en donde habla de palabra plena, según el Lacan de los años 50, un Lacan clásico que creía en la palabra como pacto.  Ignora este Lacan, dice Germán García, lo que después teorizará como pulsión de muerte, a partir de lo cual la palabra no solo es pacto, también es muerte. La muerte de la cosa.

Tendrá que ver también con el derrotero de un análisis, según los tres tiempos de la enseñanza de Lacan: un otro completo (A), un otro barrado, y el objeto (a), los tres momentos en que se ubica un analista, lugar en la transferencia que coexisten y hacen un análisis posible. Lugares para ocupar como practicantes, ese sujeto social inventado por Freud: un psicoanalista.

 Rosas eligió, dice, el título de la clase en relación con la política del psicoanálisis, la política del witz, del pase de  sentido. Hay que aprender a ser silencio puede escucharse como una orden superyoica, pero puede escucharse también como una indicación de un maestro zen, que nos invita también a ser silencio. Seguramente algo que no remite a un jolgorio o una fiesta sino como en un final de análisis a la pacificación de la pulsión. Una política del psicoanálisis que no remite ni implica decir cosas lindas sino ligadas a cierta angustia. Pulsión de muerte como un oxímoron, algo que no encaja o…encaja mal. Aguijonear un poco las ilusiones y los idealismos.

La palabra como muerte. Toma como referencia el texto de Germán García, Variaciones sobre la psicosis, en la pág. 122: “Lacan hace una diferencia en latín entre sileo y taseo, que el silencio y callarse. El silencio es que no ocurran las palabras, el callarse es que ocurra alguna, ‘Y yo me callé la boca’, quiere decir que tenía algo que decir y se calló la boca. Silencio quiere decir ‘Estoy ahí’ …desde el punto de vista conductista dos personas que no hablan están calladas, desde el punto de vista psicoanalítico el que tiene algo que decir y no lo hace está callado, el que no habla, el que no habla y no tiene nada que decir está en silencio. ¿Se entiende? El psicoanálisis es llevar al sujeto al silencio.”

Pablo Rosas retoma también de este texto el concepto de debilidad mental del discurso universitario que desde sus generalizaciones intenta hacer pasar al discurso del psicoanálisis que sabemos no admite estas generalizaciones. Ejemplo de esto es cómo el psicoanálisis presenta un caso para lo cual exige una singularidad única. El discurso analítico no admite generalizaciones y lo que podremos hacer como practicantes del psicoanálisis será tomar lugar en la transferencia, barrarnos un poco y ser semblante del objeto a, para que alguien aprenda a ser silencio, pacificarse.

Respecto de las instituciones, quien intenta ingresar a alguna de ellas, como la nuestra, por ejemplo, solo pide ser admitido, una posición de” absoluta modestia” ya que en el fantasma del neurótico es el de ser excluido: la estructura paranoica del yo. Pero luego ser admitido no le basta, exige que se reconozca su valía, su pequeña diferencia. Si esto no se logra, el próximo paso será la dimisión por considerarse por encima de la consideración que se le da en el grupo.  Admisión, distinción, dimisión.

En el sentido del pudor estoico, Pablo Rosas se refiere al imperativo categórico y como al modo de una orden superyoica se indica casi la orden de ser valiente a rajatabla.  Así el aprender a ser silencio seria también una orden superyoica, pero convendría leerlo en cambio como una indicación de un maestro zen. Recuerda nuevamente a Germán García quien al modo de ese maestro zen no tenía ninguna moral kantiana, ni el pudor estoico, podía ir de un lugar a otro, daba un portazo y podía volver. No se trata del deber. No se trata de ese “se” que es una orden que nadie sabe qué es y que lleva a formas identificatorias con el que nuestro yo se presenta.  No se trata de callar, mas bien de ser silencio y bajarle el tono a la Demanda y la pulsión.

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