Clase 3

"De una ética que no es una moral”

  Verónica Ortiz

16 de abril de 2021

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Reseña de Pablo Rosas

En el encuentro virtual realizado el 16 de abril del 2021, Verónica Ortiz comienza su intervención haciendo mención primeramente al dificultoso momento que atraviesa el país y la renovada decisión de continuar on line con el seminario.

 

Prosigue con un epígrafe del Seminario 7 de Lacan en el que tematiza una cuestión central como es la ética. Dice Lacan: “Si siempre volvemos a Freud, es porque él partió de una intuición inicial, central que es de orden ético. Creo esencial valorizarla para comprender nuestra experiencia, para animarla, para no extraviarnos, para no dejar que se degrade. Por eso este año cometí este tema”. Agregará el psicoanalista el por qué o para qué acomete ese tema: “para comprender la experiencia analítica, para animarla, para no extraviarnos y para no dejar que la experiencia analítica se degrade”.

 

Ortiz divide su presentación en dos momentos a partir de sus lecturas respecto al modo en que Aristóteles y Lacan tratan la ética. La primera parte estará destinada a la justificación del título de la clase. En la segunda, propondrá una analogía entre la lectura de la Ética nicomáquea de Aristóteles y un patchwork, esto es, una estructura –hecha con hilos y agujas- que consiste en unir piezas o retazos de manera tal que la primera circunscriba causalmente la unión de todas las demás.

Verónica señala las importantes y variadas referencias a Aristóteles en el Seminario 7 de Lacan, ubicadas la mayor parte de ellas en las dos primeras clases, tituladas “Nuestro programa” y “Placer y realidad”, aunque se hallan referencias aristotélicas en muchas otras clases del seminario. Señala la importancia de los desarrollos en las clases 22 y en la 24. El camino que elige tomar Ortiz para hacer su comentario será el derrotero de la meditación aristotélica y no el orden de clases elaborado por Lacan.

Desde la perspectiva psicoanalítica, la ética aristotélica sería una moral, y la del psicoanálisis una ética del deseo. Colette Soler afirma que la tesis fundamental del Seminario 7  es que el psicoanálisis introduciría una ruptura de las morales tradicionales, de todas las que se basan en ideal.

 

Para Lacan, la experiencia moral estaría en relación con la sanción, pero no solo con la ley, sino con un bien que engendra un ideal de conducta. Un análisis puede ser malogrado por tres ideales que señala: el amor (una relación de objeto satisfactoria), la autenticidad y la no dependencia (por ejemplo, la autonomía del yo).

 

En Lacan se advierte que una moral pone en juego al superyó y al ideal, mientras que  una ética pone en juego al deseo como residuo de una falta. Aun así, el psicoanálisis reconoce en la neurosis el problema moral. En la décima página del seminario Lacan asocia el problema moral a 1- “el atractivo de la falta”; 2- “la necesidad de castigo” 3- “el sentimiento de culpa”.  

 

Ortiz comenta la reflexión de Lacan sobre el texto freudiano llamado “Proyecto de psicología para neurólogos” en el que se basa para ilustrar la estructura del significante. Resalta la siguiente afirmación: “Bajo esa forma fría, abstracta, escolástica, complicada, árida, palpita una experiencia. Y esa experiencia es en su fondo una experiencia de orden moral”. Cuando habla de “esa forma”, sostiene Ortiz, Lacan está hablando del "Proyecto…” pero, al descontar que sea neuronal, en esa “forma fría y abstracta” se podría ubicar al lenguaje y en “lo que palpita”, al goce, a la satisfacción pulsional.

 

A continuación, Ortiz se basa en una cita de Miller para plantear que, así como Lacan retorna a Freud para volver al filo de la verdad freudiana y liberarla del moralismo y la domesticación del goce perverso que intentaban los “postfreudianos”, resulta preciso volver a la verdad lacaniana en su orientación por lo real.

 

En la página 32 del Seminario 7 se lee: “[…] una praxis, preludio de una acción moral por la cual desembocamos en lo real”. Es decir, la acción moral está injerta en lo real, y crea ahí “un surco que sanciona nuestra presencia”. ¿Cuál presencia? La del analista, la del deseo del analista. Más adelante Lacan explicaba que algunos recordatorios (es decir, todo el Seminario 7) eran necesarios antes de volver a llevar a su audiencia de manera más próxima a la práctica del análisis y a sus problemas técnicos. Algo importante que resalta Ortiz es que Lacan sostiene que los problemas técnicos de la práctica analítica “no podrían ser resueltos sin estos recordatorios”. Entonces, no hay clínica sin ética.

 

Verónica terminará la primera parte de su exposición resaltando la tesis lacaniana que otorga fundamento al desarrollo del seminario: “Mi tesis -dirá Lacan- es que la ley moral, el mandamiento moral, la presencia de la instancia moral es aquello por lo cual en nuestra actividad [la práctica analítica], en tanto que estructurada por lo simbólico, se presentifica lo real”. Al respecto Miller dice: “aquello de lo que se trata con la ética, no es precisamente del bien y del mal”. Ortiz parte de ello para esgrimir que la ética en psicoanálisis no refiere a la filosofía; el psicoanálisis, por tanto, no es una filosofía ni una ética, aunque la tenga. Esa ética se sitúa en relación a lo real del sujeto que comienza a perfilarse- a esta altura de la enseñanza de Lacan- con das Ding, “la cosa” que Lacan extrae tanto de Freud como de Heidegger.

 

Al comenzar la segunda parte, un comentario de La Ética nicomáquea, Verónica Ortiz se remite a las recomendaciones del propio Lacan para obtener “una recompensa”: leerla de cabo a rabo y contar con una buena edición, con notas aclaratorias. En una lectura intertextual entre la enseñanza de Lacan y la obra aristotélica, Ortiz intenta clarificar los puntos de subversión freudiana.

 

Lacan sostiene que Aristóteles no ha perdido su actualidad pero que la experiencia analítica implica una subversión. Al respecto afirma: “Sigue siendo rica en resonancias y enseñanzas. Los esquemas que nos da no son inutilizables. Vuelven a encontrarse sin duda, aunque no perfectamente reconocibles, en el nivel en que abordamos la experiencia freudiana”. Ortiz marca desde allí que hay esquemas aristotélicos en Freud, pero que deben ser recompuestos y transpuestos.

 

Ortiz presta atención a una cita de la primera página de la Ética nicomáquea: “El bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. Lacan otorgará un lugar al bien cuando ubica al principio del placer del lado del bien del sujeto. Ello sin dejar de considerar que el bien y placer son fundamentalmente antinómicos y que del lado del principio de realidad, y esta es una cita de Lacan- “ni por un instante piensa Freud identificar la adecuación a la realidad con un bien cualquiera”. Acerca de las buenas intenciones en relación al bien, asimismo advierte: “Hacer las cosas en nombre del bien, y en nombre del bien del otro, esto es lo que está muy lejos de ponernos al abrigo no solo de la culpa sino de toda suerte de catástrofes interiores”.

 

Luego, Ortiz describe en Aristóteles una aproximación al deseo como metonímico, algo que derrapa al infinito y que es vacío, pero señala que el filósofo lo detiene imponiéndole “lo bueno y lo mejor”.

 

Ortiz discutirá desde el psicoanálisis algunos preceptos de la eudaimonía, o sea, la felicidad, definida por Aristóteles del siguiente modo: “Llamamos perfecto lo que siempre se elige por sí mismo y nunca por otra cosa. Tal parece ser, sobre todo, la felicidad”, advirtiendo que sí elegimos “por otra cosa”. Esa otra cosa se juega en la otra escena, en la escena freudiana. Los objetos de deseo como señuelos y el objeto-causa del deseo que anima esos objetos del deseo. Entonces, se preguntará Verónica ¿elegimos o hay más bien una elección forzada, como sostiene Lacan? Responderá que elegimos, pero no sin pérdida y no siempre en forma consciente. Y cuando sí elegimos conscientemente hay determinaciones inconscientes en esa elección que no conocemos. Estas determinaciones inconscientes son, en el Seminario 7, las Bahnung freudianas, las “facilitaciones”, de las que habla Lacan como algo próximo al lenguaje y ligado al principio del placer.

 

Según Lacan, Freud coincide con que la gente busca su felicidad, pero no con que la vaya a encontrar. A su vez, agrega que en Aristóteles se encuentra una “disciplina de la felicidad” pero que es una felicidad del amo y que, debido a que la ética del amo está actualmente desvalorizada, la felicidad se ha trasformado en un factor de la política: no podría haber satisfacción para nadie sin la satisfacción de todos. Con respecto a la práctica analítica, aun a sabiendas de que lo que alguien demanda cuando llega al análisis es la felicidad, explica que “no hay nada semejante a la solución aristotélica en la solución que puede proponer el análisis”.

 

Luego, se aborda el tema de lo irracional en Aristóteles. Llama la atención que en esa parte del alma se ubique a los sueños, como parte del alma irracional común y vegetativa, es decir, compartida por todos los seres que se nutren. Si, desde el psicoanálisis, postulamos que los sueños son formaciones del inconsciente, entonces no se acordaría con el argumento aristotélico: los sueños quedarían restringidos a los seres humanos en tanto habitan un mundo de lenguaje. Por otra parte, Aristóteles agrega que “el bueno y el malo no se distinguen durante el sueño.” Con esto último sí acordaríamos. De tal modo que el sueño –vegetativo- parece escapar de la ética aristotélica, pero no escapa de la ética freudiana, que hace al sujeto responsable hasta de lo que sueña.

 

El siguiente “irracional” es el deseo. Ortiz lee un  pasaje de la ética aristotélica en el que parecen aglutinarse varios elementos que, en psicoanálisis, son distintos entre sí: el anhelo, el deseo inconsciente, la demanda, la satisfacción pulsional... La operación que hace Lacan desde la noción freudiana de Wunch le sirve a Ortiz para ilustrar una gran diferencia con Aristóteles, “como una modificación que supone como única normativización la de una experiencia de placer o de pena, experiencia última de la que brota y a partir de la cual se conserva en la profundidad del sujeto bajo una forma irreductible”. Y esa experiencia es para un sujeto “la ley más particular”.

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Otra pieza del patchwork: el término medio aristotélico. Ortiz se remite a Lacan donde aquél advierte que la vía media no es sólo evitar los excesos, sino además casi la obligación de encontrar el bien de cada uno y realizarlo.

 

El tacto es el sentido que queda más asociado a lo que el filósofo denomina “bestialidad”. Lacan señala algo importante: que todo un registro del deseo sexual- de gran importancia para el psicoanálisis- queda situado por Aristóteles por fuera del registro de la moral.

 

En relación al tema de la intemperancia, Ortiz encuentra una tendencia de Aristóteles a referirse siempre a un orden, lo que lleva a Lacan a sostener que “la ética de Aristóteles es una ciencia del carácter”. El orden, prosigue Ortiz, se presenta primero como ciencia, como episteme, ciencia de lo que debe hacerse. Es allí donde Lacan pone en tensión dos palabras que son iguales salvo por el acento: el éthos es costumbre/orden y el êthos es carácter, hábito. 

 

Introduce Ortiz al respecto una pregunta formulada por Lacan: ¿Cómo en el sujeto puede obtenerse la adecuación que lo hará entrar en ese orden y someterse a él? Al no estar afectado aún por la declinación del nombre del padre, ese orden era el orden del amo de la antigüedad. Es entonces cuando se observa en Lacan una objeción freudiana: “Si la buena acción está en el el orthòs logos- [Pablo Rosas se refirió en la clase pasada al logos desde Herder como razón y también como lenguaje]-, si está en el discurso recto, si la buena acción solo puede ser conforme a él, ¿cómo subsiste la intemperancia?

 

Siguiente parche de lectura: en la descripción aristotélica del carácter del avaro, del pródigo y del liberal, el avaro se acerca mucho en su descripción al carácter anal del que hablaba Freud. Por otra parte, el liberal corresponde al justo medio. Este modo de ser intermedio corresponde a una ética del amo, propio del hombre –no mujer ni niño-, distinguido –de origen noble, no plebeyo – y libre –no esclavo-.

 

Otra mirada interesante es la de Aristóteles acerca del perjudicado y el que perjudica, trayendo Ortiz el tema de los grupos traumatizados, del “trauma generalizado” de Eric Laurént o “La actualidad del trauma” que escribió Germán García luego de los episodios del 2001 en un momento de crisis e incertidumbre social en nuestro país comparable con el momento pandémico actual. Una lectura que le parece indispensable al respecto es El perjuicio y el ideal de Paul Laurent Assoun.

 

La medición: Aristóteles admite que, si bien habría cosas inconmensurables, es posible medir a través de un común acuerdo: la moneda, el dinero. En efecto, dice Aristóteles, “con la moneda todo se mide”.

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Otro aspecto importante destacado por Ortiz serán las distintas formas de incontinencia aristotélicas, explicadas al modo de “los excesos son malos y deben evitarse”. En cuanto a las “disposiciones brutales” o “morbosas”, llama la atención que cuando empieza a hablar de brutalidad, Aristóteles se topa con lo femenino como otro goce, distinto del goce fálico. Pero, recuerda Ortiz, que la brutalidad cae fuera de los límites del vicio, es decir, fuera de las consideraciones morales. Las mujeres, así, quedarían por fuera de esta Ética nicomáquea, que es para los nobles-hombres-amos.

 

Un apartado también considerado por Ortiz, llamado “El licencioso y el incontinente”, trata al arrepentimiento, a la culpa puesta como condición para lo curable. Parece un límite aristotélico entre neurosis y lo que desde la psiquiatría es la psicopatía. Expone Aristóteles: “el licencioso no es persona que se arrepienta, en efecto, se atiene a su elección. Pero el incontinente es capaz de arrepentimiento. El uno es incurable y el otro tiene curación.”

Entre los "parches de lectura" hay también referencias al Witz, la justicia distributiva, la culpa, las teorías sobre el placer, el suicidio, la enseñanza…

 

Verónica Ortiz finaliza su presentación tratando, por un lado, la cuestión de la contemplación donde inherentemente se precisa del ocio. Un ocio que, no obstante, desemboca en una política, donde el terreno de la ética pasa a la política de la ciudad porque se impone como una pedagogía para los gobernantes, para los amos. Recuerda que Aristóteles fue maestro, por ejemplo, de Alejandro Magno.

 

Para ir concluyendo, Ortiz se refiere a lo que llama un “Jano superyoico” apreciable en la posibilidad de inmortalidad y del esfuerzo por vivir de la excelencia que los antiguos se imponían a la vez como ideal y como mandamiento. Allí Ortiz señala que habría un intento de desconocer la castración. La tragedia de Antígona de Sófocles es tomada por Lacan en su seminario de la ética justamente para reconducir la condición humana, el pathos del deseo, de la muerte. Esto muestra su relevancia en la clase “La dimensión trágica de la experiencia analítica”, donde Lacan sostiene: “En nuestra experiencia más cotidiana (o sea en la práctica analítica, clínica) tenemos que vérnosla desde siempre con el hombre, con una demanda humana”.

 

Cierra Ortiz con un párrafo destacado de Lacan: “Esto es lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra en posición de responder a quien le demanda la felicidad. La cuestión del Soberano Bien se plantea ancestralmente para el hombre, pero él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No solamente lo que se le demanda, el Soberano Bien, él no lo tiene sino que además sabe que no existe.”

 

Entonces, prosigue Ortiz, si hacer el Bien al analizante no es una prescripción ¿hay alguna en el seminario de la ética? A esta altura de su enseñanza, lo que Lacan llama “único juicio ético posible” es formulado en forma de pregunta: “¿Has actuado conforme a tu deseo?”