Clase 15

"Reformulaciones de la ética I" 
Verónica Ortiz y Augusto Pfeifer

 5 de noviembre de 2021

Reseña de Camila Musura.

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Llegando al final del Seminario anual de la APSaT, “La singular ética del psicoanálisis”, se proponen dos últimos encuentros, nominados “Reformulaciones de la ética I y II”. El viernes 5 de noviembre se lleva a cabo la primera de estas dos clases, a cargo de Verónica Ortiz y Augusto Pfeifer. 

 

Ortiz comienza refiriéndose a la elección del título, pensado para dar cuenta de que la enseñanza de Lacan acerca de la ética no se detuvo en el Seminario 7, sino que toda su transmisión desemboca en la llamada "última enseñanza", y la ética, remarca, desde el principio hasta el final conforma la propia operación analitica. Es la ética del psicoanálisis la que diferencia al psicoanálisis de la terapéutica, de la cura en términos de curación, y la convierte en una experiencia, la analítica. Esto implica un nuevo arreglo del ser que habla con el goce (entendido como satisfacción en el sufrimiento). 

Germán García, en el curso de Tucumán 1988, recomienda un artículo de Colette Soler, publicado en Escansión 1, al que este año se tomó referencia. Allí la autora se refiere a este movimiento que se produce entre los años 60 y 70, que va, en palabras de Soler, desde una “ética del silencio, correlacionada con el deseo” a “un ética del bien decir, correlacionada con el goce”. De aquí en más intentará Ortiz puntualizar este salto, señalando que Lacan, a partir de sus estudios acerca de la posición femenina, reformula su enseñanza. 

Ubicará primero algunas conclusiones provisorias a las que hemos llegado durante el trabajo del año. Primero, el psicoanálisis viene a introducir algo nuevo respecto a la ética. En segundo lugar, esto es fundamental, debido al problema moral, crucial en la neurosis, por las respuestas analíticas y también respecto de los ideales, no solo en la cultura sino también del analista. Entonces, remarcando lo dicho durante el año, el psicoanálisis no es una ética, es una práctica que tiene una ética, que es distinta de las que se conocían hasta la invención de éste. Lacan dice que con la regla fundamental, la asociación libre,  Freud inventó un dispositivo que alcanza lo real, esto implica una ética que no se sitúa respecto a los ideales de la época, sino respecto a lo real del sujeto. 

 

Continuará diciendo que la tesis fundamental del Seminario 7 es que el psicoanálisis es un  punto de ruptura de las morales tradicionales, las que se apoyan en ideales. El único “imperativo” que podría ubicarse es no ceder en cuanto al deseo. Todo el Seminario 7 está centrado sobre la oposición entre deseo y goce y la ética del deseo está centrada en la figura del padre, con sus dos versiones, las tablas de la ley, que no enuncian las leyes del supremo bien sino las leyes que hacen barrera al goce, las leyes de la palabra, pero también algo menos tranquilizante, la voz de trueno, la gran voz del superyó.  

Ortiz recorre los hilos que se fueron tejiendo en la enseñanza de este año, realizando una clara puntuación de lo abarcado por cada enseñante en su clase, resaltando que no hay una enunciación colectiva, sino de cada uno, pero que aun así se arma un hilo, una lógica: el malestar del sujeto, el superyó, la cosa freudiana, la moral aristotélica, los límites del amor y la sublimación, el deseo, el goce, el imperativo categórico kantiano, el bien como distinto del deseo, el más allá del principio de placer, el malestar de la cultura, el goce enlazando pulsión de muerte y libido, la ética trágica, la indicación de evitar toda armonización psicológica, la respuesta analítica íntimamente ligada a la ética analítica, una ética del deseo a la altura del Seminario 7. Es aquí entonces cuando Ortiz propone dar, junto a Lacan, el paso que va de esa ética correlacionada con el deseo a una ética correlacionada con el goce. Aunque, aclara que, al puntualizar los problemas que abordamos durante el año, podemos dar cuenta de que hemos leído el Seminario 7 no sin la última enseñanza de Lacan. 

En una lectura de “El atolondradicho”, en Otros escritos de Lacan, Verónica se encuentra con Antígona. ¿Es la misma Antígona del Seminario 7? Sí y no. Utilizará aquí como referencia a Jaques-Alain Miller, en "Los seis paradigmas del goce". Con esta clave de lectura, señala que entre las dos Antígonas, la del Seminario 7 y la de “El atolondradicho”, habría un movimiento entre el tercer paradigma al sexto, y último, paradigma, concluyendo Ortiz que se pasaría del “goce imposible” a “la no relación”. 

“El atolondradicho” se puede traducir como las vueltas dichas, aquellas dichas en análisis. Es un texto difícil que, aclara, no es para atolondrados. Allí aparece mencionada Antígona. Se referirá entonces a tres párrafos elegidos, en una lectura intertextual con Posiciones femeninas del ser, capítulos “El superyó femenino” y “La respuesta analítica al llamado del goce”, de Éric Laurent . 

El primero de estos párrafos se encuentra en la página 492: “Me has satisfecho thombrecito [petithomme]. Has comprendido, era lo que hacía falta. Anda, atolondradicho no sobra, para que te vuelva uno después del medio dicho [l’aprés-midit]. Gracias a la mano que te responderá con que Antígona la llames, la misma que puede desgarrarte porque esfinjo esfinge [sphynge], mi notoda, sabrás incluso, atardeciendo, equipararte a Tiresias y como él, por haber hecho de Otro, adivinar lo que te dije.” El segundo: “Esto es aquí superyomitad [surmoitié] que no se superyomedia tan fácilmente como la conciencia universal”. Por último, el tercero: “Sus dichos no pueden completarse, refutarse, inconsistirse, indemostrarse, indecidirse, sino a partir de lo que ex-siste de las vías de su decir.” 

A partir de la lectura de dichos párrafos Ortiz se detendrá primero en los neologismos, los juegos de palabras y las homofonías en francés haciendo uso de su conocimiento del idioma, las referencias de Laurent y lo que explican los traductores, mediante el siguiente cuadro: 

  1. Atolondradicho, l’etourdi, el atolondrado/ les tours dits, las vueltas dichas

  2. Thombrecito, petithomme, hombrecito/ tome, del verbo tomer, dividir en tomos, cortar. 

  3. Mediodicho, midit, mediodicho, mediodía, l'après-midit, tarde.

  4. Esfinjo, esfinge, Sphinx, el verbo no existe en francés. Fingir se dice faire semblant, pero se escucha el “esfinjo” de Lacan. 

  5. Superyomitad, surmoi, superyó/ moitié, mitad.  

Comenzará con las primeras líneas del párrafo, aclarando que “Me has satisfecho thombrecito [...]” es una prosopopeya, y quien habla allí es la esfinge. Esta esfinge, resalta Laurent, es la griega que, a diferencia de la egipcia, posee atributos femeninos. Ya no se parte del deseo, de las leyes de la ciudad, del Otro como regulación fálica, se empieza por la satisfacción, por el goce. La esfinge empieza poniendo en primer plano su goce, este es el movimiento en la última enseñanza de Lacan, implica que en la práctica analítica nos preguntemos de qué goza el sujeto. 

Luego Ortiz hará, frase por frase, un detallado recorrido por los párrafos seleccionados. Para finalizar, dará una vuelta más por Antígona, destacando que debemos tener en cuenta que se pasa de la pareja de la Antígona de Sófocles, Edipo-Esfinge, a otra pareja, que acentúa Lacan en “El atolondradicho”: Edipo-Antígona. Edipo responde en la primera pareja identificándose al falo, pero en la segunda aparece un más allá del falo. Lo mismo, remarca Ortiz, aparecerá en el análisis: en la primera etapa se destaca el sentido fálico, la palanca de la operación analitica con la que se encuentra un modo de incidir, a través de la palabra, en el síntoma pero se tratará de alcanzar, no el sentido fálico, sino el punto de sin sentido. Al destacar el sentido fálico dejamos un resto, y nos enfrentamos a la surmoitié.


Cerrará su exposición con el siguiente párrafo de Laurent, “Lacan pondrá fuertes reflectores sobre Antígona en su seminario sobre la ética, porque ella es el resto de toda operación. ¿No hay acaso en ella algo que en un momento dado encarnaba la esfinge, la pregunta sobre el goce femenino?”. 

En la segunda parte de la clase Augusto Pfeifer puntualiza un tramo de la clase 2 del Seminario 17, “El amo y la histérica”, y una conferencia de Freud, “La transferencia”. Además tomará Teoría de los goces de Miller. 

 

En principio, aclara que al hablar de reformulaciones no se habla de progreso, diacronía o evolución en la enseñanza de Lacan, si lo que uno va rescatando es que se transita por efectos propios del significante, de retroacción y de anticipación, donde uno se puede preguntar si hay alguna novedad, cambio y cómo se presenta algo de un seminario a otro.

 

La Clase 2 del Seminario 17 plantea la cuestión de la histerización del discurso. Pfeifer buscará ubicar cierta contraposición con lo que dice Lacan en "La dirección de la cura y los principios de su poder", 1958. La ética, señala, toca ineludiblemente una serie de conceptos y la teoría y práctica del psicoanálisis: rectificación subjetiva, transferencia, división subjetiva, inconsciente. 

 

Del último texto mencionado tomará tres párrafos a puntualizar. El primero le resulta curioso porque allí Lacan plantea que va a poner al analista en el banquillo, y es algo que en el Seminario 17 también plantea, de este modo: “La experiencia analítica pone en el banquillo al saber”. Introducirá entonces cuestiones en torno al saber. Dirá Lacan en "La dirección de la cura": “Volveré pues a poner al analista en el banquillo, en la medida en que lo estoy yo mismo, para observar que está tanto menos seguro de su acción cuanto que en ella está más interesado en su ser”. Pfeifer señala que la cuestión de la acción hace a la cuestión ética, cuanto más se interese en su ser menos seguro estará en cómo orientar su acción, su intervención. 

Tomará de la Conferencia 27 "La transferencia", de Freud, tomo XVI, algo para ubicar ese lugar donde va a caer el analista. En un principio Freud habla de una especie de privaciones: la falta de amor, la pobreza, las querellas familiares, los rigurosos reclamos éticos. Freud se pregunta, ¿Cómo respondemos desde el psicoanálisis? No se trata de ofrecer una intervención benéfica tal como lo haría un poderoso. Dice, los analistas somos hombres pobres e impotentes en el campo social, y frente a los rigurosos reclamos éticos Freud se pregunta cómo se responde mediante el psicoanálisis, no damos consejos, no somos una guía para el paciente, no somos mentores. 

Al hablar de las modulaciones de la transferencia, la transferencia positiva no dura para siempre, un buen día se estropea. Remarca Freud, “la enfermedad del paciente no es algo terminado, congelado, sigue creciendo pero toda nueva producción se concentra en la relación con el médico, una nueva significación”. Ese síntoma, que en primer momento era descifrable, analizable, cuando se enlaza a la relación con el médico, da lugar a una nueva significación que hace de obstáculo ligado a que el analista queda en calidad de objeto; una neurosis recreada. 

En Teoría de los goces,  Miller dirá que el goce no es tan simpático, las relaciones con el significante son de exclusión, separa el goce del cuerpo. Pfeifer remarca una orientación que realiza Miller en ese texto: “Solo se puede tener una idea del goce cuando se lo perdió, cuando se lo busca, cuando se habla de él”. 

El deseo es una barrera al goce fundada en el lenguaje, es una defensa frente al goce. Esta idea de goce como perturbación del cuerpo rompe con cualquier aspiración de intervenir para alcanzar una armonía que llevaría al fracaso. Aquí se pueden ubicar todas las versiones del amo respecto de los ideales de la salud mental. 

En la clase 3 de Seminario 17 se estudia el saber, no el conocimiento, como medio de goce. Cuestión equívoca, señala Pfeifer, porque uno puede ubicar que es mediación de goce a través del discurso del paciente o también que quizá condensa algo del goce. Saber es lo que hace que la vida se detenga frente a un cierto límite frente al goce. 

Otra orientación respecto del saber, en la página 53, “El saber desde su origen se reduce a la articulación significante”. El enseñante se pregunta si es una gran novedad o reformulación respecto de lo que ya venía planteando Lacan desde "Función y campo de la palabra". Lo cierto es que sí ubica aquí que de este saber se goza, eso es una novedad, una nueva orientación para pensar el inconsciente. 

“Oigo hablar mucho del discurso del psicoanálisis como si eso quisiera decir algo. Lo que el analista instituye con su experiencia analítica puede decirse simplemente como la histerización del discurso, dicho de otra manera es la introducción estructural mediante condiciones artificiales del discurso de la histérica”. Teniendo en cuenta esta histerización del discurso y la rectificación subjetiva, Pfeifer propone pensar qué novedad introduce- en tanto implica al sujeto en ese acto de decir- y cómo responde el analista frente a eso, atentos a la cuestión del goce en relación al saber.