Clase 12

"El goce, entre pulsión de muerte y libido" 
Pamela Morelli

 17 de septiembre 2021

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Reseña de Virginia Gilardi

En el marco del seminario anual sobre la ética del psicoanálisis, Pamela Morelli retoma una cita en la que Lacan la define como la dimensión profunda del movimiento del pensamiento, del trabajo y de la técnica analíticos. Menciona el espíritu colaborativo del seminario en el que presentará un momento de la historia del pensamiento analítico al que atribuye sustantiva importancia, intentando así dar vida a una experiencia de la dimensión ética. Lacan explicita que se distancia de la posición de un profesor e indica remitirnos a los textos originales de Descartes, Kant, Marx y Hegel. No aspira a superar a Freud en este camino, sino a promover la esencia de una experiencia guiada por él.

En el apartado “Las paradojas del goce” del seminario sobre la ética, Lacan comenta aspectos de la conferencia “Discurso a los católicos”. Tanto el seminario como esta conferencia en Bruselas fueron dictados en el año 1960.

En  “Discurso a los católicos” Lacan propone la  exigencia y la excelencia para su enseñanza sobre los principios de su acción y se refiere a quienes está dirigida su enseñanza como una élite de practicantes. Podríamos decir que Lacan se presenta entonces en dicha conferencia, frente a una élite con sus garantías, las de sus seguidores, los practicantes del psicoanálisis.

Por el contrario, en la conferencia en Bélgica se presenta frente a un auditorio sin formación psicoanalítica aunque se referirá a los mismos temas de su seminario: moral, ética, religión, muerte de dios, que pueden ser perfectamente observados  por quienes no están en pos de los intereses del psicoanálisis. Lacan señala que la jactancia y la infatuación no son posiciones que convengan al analista. Tampoco corresponde la corrección política de no dar debates ni definiciones. El tratamiento que Lacan propone para los temas no es el de la creencia sino, en cualquier contexto, darle a los conceptos el lugar de un saber como cualquier otro, cuyo trasfondo es la ignorancia.

En El malestar en la cultura y en el Seminario 7 tanto  Freud como Lacan señalan que el goce es un mal y entraña el mal al prójimo, que existe una tendencia nativa del hombre a la maldad, a la agresión, a la destrucción y por ende a la crueldad. En  El malestar... Freud propone repensar el mal, que se modifica radicalmente por la ausencia de dios. La muerte de dios y el amor al prójimo son históricamente solidarios. El mandamiento de amar al prójimo se transforma en inhumano y Freud se enfrenta a él plenamente. Este desacuerdo se vincula a la noción acerca de que la maldad es el núcleo más profundo del ser humano. La resistencia ante el mandamiento de amar al prójimo y la resistencia que se ejerce para trabar su acceso al goce serían una sola y única cosa. Tal resistencia se corrobora en la cura analítica, en la cual se encuentra constantemente ese núcleo de agresividad inconsciente. El amor al prójimo, entonces, no es posible, al menos en los términos planteados por el discurso religioso. 

Por eso Lacan orienta en que rehacer al yo en la cura analítica es inadecuado y el obstáculo a esto es justamente la función del deseo con sus aristas y puntos de tropiezo. En este sentido, el goce está envuelto en un campo central en relación a esa función del deseo. El goce, no como satisfacción de una necesidad sino de una pulsión, que incluye a la pulsión de destrucción.

Pamela Morelli introduce aquí el apartado “La ética del psicoanálisis” [J.-A. Miller Conferencias porteñas, tomo I], donde este autor vuelve a Freud, al malestar y a la terapéutica. Allí se señala que un análisis no es una aventura intelectual; la praxis de un análisis es un sufrimiento, es una queja, es la declaración de un ser que quiere cambiar algo de su vida. Cuando esos elementos no están presentes, un análisis es muy difícil, quizás imposible. Entonces un análisis es una experiencia de palabras que, además, es dolorosa. 

Se destaca un aspecto de la ética en la antigüedad, en referencia a una ética de la medida, una moderación en la relación con los objetos, que excluía los excesos. Los antiguos no necesitaban del principio de realidad porque el principio de placer en sí mismo incluía al principio de realidad.

Miller señala  que no es la ley lo que modera el acceso al goce, sino que es el placer el que comanda esta tarea. En este sentido  avanza en lo que denomina “el cuarto tiempo de Freud”, refiriéndose a Lacan, como quien enlaza pulsión de muerte y libido en el concepto de goce- la libido y la agresión- no como dos fuerzas antagónicas y exteriores una de otra, sino como el nudo que constituye un clivaje interno.  Paradójicamente el goce es aquello que vivifica y destruye al mismo tiempo, pero un cuerpo sin goce es un cuerpo muerto. 

Luego, la docente comenta el texto “Freud y su actualidad en el malestar en la civilización” [Serge Cottet, Doce estudios freudianos]. Allí el autor vuelve al tema del malestar en la cultura con lo que denomina una noticia que entristece en tanto el psicoanálisis rompe con la ilusión de autonomía del sujeto y con la transparencia de la conciencia: una herida narcisista, un descentramiento, una humillación respecto de los ideales de unificación y completud. Ese descentramiento contradice todas las visiones del mundo y  todas las religiones, cuya esencia es el consuelo y la suplencia frente a la renuncia al goce que impone la civilización. Las cosmovisiones se levantan sobre monumentos de represión.

 

Pero el psicoanálisis, al disipar la ilusión de la transparencia del yo, desmontando los fracasos que gobiernan la vida amorosa, sospechando de todos los ideales del progreso, definitivamente no agrada a todo el mundo ni promete ningún bien. Contradice la pasión de la ignorancia en todos los sectores de la cultura. Es el reverso de la represión, una praxis orientada por lo real, que implica la puesta en juego del deseo. 

El encuentro finaliza con un fragmento de lo que Germán García expuso en el seminario “Clínica  y política”. Diferenciando al analista docto, que practicaba una especie de antropología psiquiátrica erudita explorando el campo semántico de sus pacientes, de un analista que sería una especie de pivote social inventado por el psicoanálisis. Este último es un analista de la experiencia de lo real que apunta al goce y al cuerpo, ya que un análisis no consiste en una especialización en el conocimiento del inconsciente, sino que se trata de otra cosa.

Queda expuesto, entonces, que el análisis es una experiencia de palabras, dolorosa. Sabiendo que lo único que no va a fallar será el encuentro con lo real, y que no hay promesas de felicidad, no hay paraíso ni recompensa, ilusiones ni justicia. Sin embargo, a través de la experiencia de un análisis, tal vez sea posible rectificar un circuito de goce (satisfacción pulsional), o de, al menos, estar advertidos del mismo y quedar alineados a una verdad subjetiva.