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11º clase

11º clase

"EL APARATO DE LA CIENCIA Y LA EXPERIENCIA ANALÍTICA":  Clase a cargo de Natalia Senestrari

  Reseña a cargo de Félix Chiaramonte

 

      En esta clase se hará referencia a los conceptos trabajados en el capítulo “Los surcos de la aletósfera”, del Seminario 17 de Lacan.

Se tendrán en cuenta las respuestas a los cuestionamientos de los estudiantes, quienes -ya en Vincennes- le dicen a Lacan que frente a problemas reales no puede estar dibujando en una pizarra. Para Lacan nada va a ser más real que esos discursos sostenidos por la particular relación de sus matemas.

Destaca la página 162 que a partir del “discurso analítico, afecto solo hay uno, a saber, el producto del apresamiento del ser que habla en un discurso en la medida en que dicho discurso lo determina como objeto, de ahí el valor ejemplar del cogito cartesiano, a condición que se examine y se revise (…)”. “Evocaba ese afecto en tanto ese ser hablante se encuentra determinado como objeto, este objeto no es nombrable”, ubicarlo como plus de goce es solamente para ponerle una nomenclatura. “¿Qué objeto se forma por ese efecto de cierto discurso? No sabemos nada de ese objeto, solo que es causa de deseo” (…) “se manifiesta como falta de ser” (...).  “En el efecto de lenguaje no se trata de un ente. Solo se trata de un ser que habla.” Introduce al analista como efecto de un dispositivo y una práctica.

En relación al discurso del amo y otros discursos, “no se trata de una relación de distancia ni de estar por encima, sino de una relación fundamental ya que esa práctica se inicia con este discurso del amo”. Dice que el amo juega con el cristal de la lengua.

En la página 164 va a hablar del significante único, significante amo, que opera con lo que está allí, lo que está articulado. Es la presencia de un significante que está allí desde siempre. Se halla en el principio de todo saber, como un saber hacer. Esa práctica está ya tejida, tramada por la articulación significante.

Destaca que el saber, en la tradición filosófica, está adulterado por el saber del amo, lo cual es diferente del psicoanálisis.  Respecto de este discurso se nos presenta el sexo y la muerte, puntualizando la página 165: no aparece articulación alguna que exprese la relación sexual, si no es de un modo complejo. Por eso lo que emerge es “un efecto real que llama el plus de goce, y que es el a minúscula” (…) “solo en la medida que el a minúscula sustituye a la mujer, éste la desea” (…) “Es preciso partir de esto en la experiencia analítica, lo que podría llamarse el hombre, es decir, el macho como ser que habla, desaparece, se desvanece, por el efecto mismo del discurso, del discurso del amo, al no inscribirse más que como castración, que de hecho puede definirse como privación de la mujer...”

“…no hay lugar posible en una unión mítica que se definiera como sexual entre el hombre y la mujer”. De eso se trata, recalca Senestrari: “no existe relación sexual”, según Lacan.

Retoma el texto La Tercera para indicar puntos conectados con el capítulo eje de la clase, del Seminario 17: “El psicoanálisis, socialmente, tiene una consistencia distinta de los demás discursos. Es un lazo de a dos. En tanto está en el lugar de la falta de relación sexual. Esto no basta para hacer de él un síntoma social puesto que una relación sexual falla en todas las formas de sociedad. Está ligado con la verdad que hace estructura de todo discurso. Precisamente por eso no hay sociedad verdadera basada en el discurso analítico. Hay una escuela y ésta justamente, no se define por ser una sociedad. Se define porque en ella enseño algo.” (…) “Un psicoanalista sabe que el pensamiento es aberrante por naturaleza, lo cual no impide ser responsable de un discurso que suelda al analizante (…) con la pareja analista-analizante” (…) “Lo interesante en todo esto es que el analista en los próximos años dependa de lo real y no lo contrario. El advenimiento de lo real no depende para nada del analista. Su misión, la del analista, es hacerle frente. Al fin y al cabo, lo real puede muy bien encabritarse, sobre todo desde que tiene el apoyo del discurso científico.” Esto último se acentúa en nuestra época, afirma Natalia.

En esta intervención de La Tercera, Lacan agrega que -como articuló los cuatro discursos en El reverso del psicoanálisis- no es menos cierto que ustedes solo hagan del ser un semblante. “No hay un solo discurso en que el semblante no conduzca el juego. No vemos por qué el discurso analítico va a escapar de esto. No obstante, no es una razón para que en este discurso se sientan incómodos hasta hacer de él según el uso de él al cual se unan sus colegas de la Internacional, un semblante más semblante que lo normal, un semblante ostentoso”. Esto tiene que ver con aquellos analistas que trataban de mantener igual la vestimenta, sin fotos o sin alterar el “encuadre”, una impostura que Lacan critica. “Sean entonces más sueltos, más naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un análisis. No se sientan obligados a darse importancia. Aun como bufones, que estén se justifica. No tienen sino que ver mi televisión. Soy un payaso. Sigan el ejemplo, ¡y no me imiten! La seriedad que me anima es la serie que ustedes constituyen.” Lo que importa es la rigurosidad de lo que enseña, señala Senestrari.

En la página 166 del Seminario 17 cita: “La identificación pivote, la identificación mayor, es el rasgo unario, es el ser marcado como uno. Antes de cualquier promoción de ente alguno por un uno singular, de lo que lleva la marca, desde ese mismo momento, se establece el efecto de lenguaje, así como el primer afecto.” Aquí es donde toma a Descartes en su “pienso, luego soy”. Y retoma el texto establecido por Miller: “En alguna parte se aísla ese algo que el cogito señala tan solo, también con el rasgo unario, que puede suponérsele al Yo pienso por decir - Luego, soy. Aquí se marca ya el efecto de división, con un Yo soy que elide el Yo estoy marcado por el uno- dado que Descartes se inscribe en una tradición escolástica…” (…) “Yo pienso: <<Luego soy>>. Este <<Luego soy>> es un pensamiento. Se sostiene infinitamente mejor porque posee su característica de saber, que no va más allá del Yo soy marcado por el uno, por lo singular, por lo único, ¿de qué? – de este efecto que es Yo pienso.” (…) “Pero aun ahí, hay un error de puntuación que expliqué también hace tiempo –el ergo, que no es sino el ego en cuestión, debe ponerse del lado del cogito. El Yo pienso luego: <<Soy>>, esto es lo que da su verdadero alcance a la fórmula. La causa, el ergo, es pensamiento.” (…) “Desde luego, el rasgo unario no está nunca solo. Así pues, el hecho de que se repita -que se repita para no ser nunca el mismo- es propiamente el orden mismo, el orden en cuestión por el hecho de que el lenguaje esté presente y esté ya ahí, con su eficacia.”

A partir de aquí, Senestrari irá hacia una lectura intertextual, ubicando en el Seminario de Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, en su página 43 lo siguiente: “El modo de proceder de Freud es cartesiano, en la medida en que parte del fundamento del sujeto de la certeza. Se trata de aquello de lo que se puede estar seguro.” Lacan comenta que respecto del relato del sueño habrá que vencer la connotación de la duda, por eso resalta que “…la duda es el apoyo de su certeza”, y que “ambas maneras de proceder, la de Descartes y la de Freud, se acercan y convergen”. Asimismo, en su recorrido, Lacan dice que “Aquí se revela la disimetría entre Freud y Descartes (…) el sujeto está como en su casa en el campo del inconsciente. Y porque Freud afirma su certeza se da el progreso mediante el cual nos cambia el mundo.” “Para Descartes, en el cogito inicial (…) el yo pienso, en tanto se vuelca en el yo soy, apunta a un real -pero lo verdadero queda afuera hasta tal punto que Descartes tiene que asegurarse, ¿de qué? De otro que no sea engañoso y que, además, pueda garantizar, con su mera existencia, las bases de la verdad…”

En consonancia con estas intrusiones textuales, Senestrari recordará la intervención de Jacques Alain Miller en la inauguración del Centro Descartes en Buenos Aires, publicada en Conferencias Porteñas: “Ahora bien, Descartes es de los filósofos que hubo antes de que la filosofía haya sido capturada por la universidad (…) Descartes es un hombre inquieto por buscar la verdad (…) es así como Lacan presenta a Descartes en su Seminario 11, como un hombre de deseo.” En realidad “para los cartesianos el inconsciente es impensable porque piensan lo psíquico a partir de la transparencia del cogito.”  Miller plantea lo sorpresivo que es que Lacan traiga a Descartes, ya que era utilizado para negar el inconsciente freudiano, pero lo que hace en realidad es “hacer aparecer al sujeto cartesiano como el sujeto tachado”, y aunque parezca forzado, aclara, propone que “hay que entenderlo como vacío, como un punto sin contenido”. Senestrari acentúa entonces esta lectura milleriana en donde Lacan divide al enunciado cartesiano, “Pienso, entonces soy”, lo cual implica un sujeto de la enunciación diferente. “Ser y decir que uno es, no es lo mismo, hay un deslizamiento”. Para señalar más este punto, cita: “en esta división entre el sé, pero, aunque sé, eso no impide que… Eso traduce una división interna, que es lo que Freud mismo ha llamado clivaje y que Lacan considera como la matriz de la represión original. De tal manera que resitúa el cogito cartesiano como lo que vela, lo que borra, lo que está hecho para borrar la represión original; entonces eleva al sujeto del inconsciente de la dignidad del cogito”. La enseñante relaciona esta puntualización con el texto La ciencia y la verdad, y también con La instancia de la letra en el inconsciente o la razón después de Freud, en los Escritos. Y por supuesto diferencia la duda metódica, decidida, cartesiana, de la duda obsesiva, sintomática.

Los personajes que Lacan pone en escena son el sujeto y el otro. Descartes vacía el saber con la exigencia de la certeza. Se pregunta sobre lo que se puede dudar.

Respecto de La instancia de la letra… referirá lo que despliega Lacan con su “Pienso donde no soy” y “soy donde no pienso”. Además, agrega el “Allí donde no pienso pensar, soy” tal como se había mencionado en la clase anterior de Di Masso.

Al retomar La Tercera nos recuerda el “Pienso, luego, se goza” jugando con la homofonía entre ser y gozar en francés.

Lacan critica a los psicólogos que creen en el pensamiento puro: “No hay un pensamiento no sometido a las contorsiones del lenguaje”.

Posteriormente Senestrari incluirá una reseña de Alicia Alonso sobre dos clases de Germán García en 2017 (disponible en la página web de la Fundación Descartes), Clínica y política, para referirse a las “letosas” y destacar que en su etimología tiene que ver con el olvido, por lo cual lo relaciona con el olvido de la ciencia. Podemos operar aun no sabiendo cómo funcionan los aparatos tecnológicos: “La ciencia no nos interesa sino por esos objetos que ha creado en la realidad”. La ciencia manipula la realidad, hay que ver qué produce.

Germán García plantea la alianza entre ciencia y poder político, no es una alianza ideológica, es la construcción del poder en nombre de la ciencia. Ubica la “amoralidad” de la ciencia en tanto está en relación a una certeza, y es por esto que Lacan la vincula con la psicosis.

Respecto de los gadgets y objetos del mercado comentará, tomando el antecedente de la clase de Ortiz, el texto de Miller sobre los paradigmas del goce, en La experiencia de lo real en el psicoanálisis. La noción de plus de goce amplifica la lista de objetos a. Es decir, todo aquello que intenta colmar al menos phi, incluso estos objetos del mercado; lo que abunda e intenta tapar la falta de goce.

Un texto más de Germán, en Derivas analíticas del siglo, será Tres palabras sobre el milenio, en donde se especifica el oblivionismo científico, el olvido metódico de la ciencia. Lo memorable en la ciencia son las invenciones técnicas. Y “el olvido del sujeto encuentra su memoria en las cicatrices que el goce deja en su cuerpo viviente”. Allí en ese artículo se pregunta sobre el lugar, el destino del psicoanálisis.

Por último, en el final del capítulo sobre Los surcos de la aletósfera, Lacan, frente a la llegada del hombre a la Luna en 1969, dice que los astronautas “se las habrían arreglado mucho peor (…) si no hubieran estado acompañados todo el rato por ese a minúscula de la voz humana”. En ese capítulo dejará planteado lo que desarrollará en próximas clases: diferenciar la impotencia (de la verdad) de lo imposible (como lo real) de la posición del analista.

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