Clase 11

"El malestar y la religión del amor" 
Virginia Gilardi

 3 de septiembre 2021

11° clase Gilardi.jpeg

Reseña de Carolina Fontán

 

A partir de la bibliografía sugerida, Virginia Gilardi articula en este encuentro qué efectos tiene el mandamiento religioso “Amarás a tu prójimo como a tí mismo” con la idea de malestar que Sigmund Freud desarrolla en El malestar en la cultura, y se pregunta cómo se llega a ese pensamiento religioso.

De entrada, Freud cuestiona el llamado “sentimiento oceánico” e intenta comprender el sentimiento religioso en relación al desvalimiento del ser humano en sus primeros años de vida, pero también argumenta que la vía del amor no puede prometer felicidad dado que está sustentado en el odio y la agresividad constitutivas.

Más adelante, Gilardi toma el texto “Discurso a los católicos”, donde Jacques Lacan advierte a su audiencia sobre la importancia de acallar el amor. Es decir, desalienta el trato amoroso para con los pacientes. La ética del psicoanálisis se ubica de este lado, no del lado del mencionado mandamiento religioso. La práctica del psicoanálisis es una práctica de las consecuencias, podría pensarse como las consecuencias del malestar en la cultura y de un goce interdicto, sostiene Gilardi.  ¿Qué relación tiene esto con la religión del amor o la religión y el amor?

Freud ubica a las fuentes del malestar en la supremacía de la naturaleza, la caducidad del propio cuerpo y nuestra insuficiencia para regular las relaciones humanas. En relación a estas últimas, explica que los neuróticos crean en sus síntomas satisfacciones sustitutivas (de las cuales padecen) para poder soportar las frustraciones de la vida sexual. Además de esto, la vida en la cultura depara otros sacrificios (no es casual el uso de esta palabra). De hecho, es considerada uno de los obstáculos más grandes para el ser humano y agrega que siempre es posible ligar en el amor a un grupo mayor a condición de que otro grupo quede afuera para manifestarles la agresión. Incluso esto se puede transpolar a los grupos y a las masas: pensar bien-intencionadamente en unir a un grupo por una buena causa no resuelve el malestar. Podemos decir entonces que para Freud el prójimo es un ser hostil. ¿Por qué se debería amar a un ser así? Este mandamiento es otro de los sacrificios impuestos por la cultura para domeñar la inclinación agresiva del ser humano. Amar al prójimo como a sí mismo solo sería posible pensado desde el amor a sí mismo. Se ama al otro según el amor hacía sí.

En el mito de “Tótem y tabú” aparece el padre amado y odiado a la vez. La muerte del padre instaura una ley para todos que implica una prohibición, una ley transmisible a partir de un padre muerto. Esto se retoma en Lacan como la metáfora del Nombre del padre, a partir del padre fallido o tambaleante, lo que interesa al psicoanálisis porque se separa de la ética del bien/mal e incluso de la ética utilitarista en tanto algo del goce es imposible de dominar por completo.

Posteriormente, Gilardi señala la importancia que tiene para Lacan la ética en relación con la ideología. Lacan dará precisiones sobre el sentido político que tiene ese vuelco que dá el psicoanálisis en relación a su ética. Al intelectual de izquierda lo definirá como “fool”, “inocente, retardado” de cuya boca salen verdades que funcionan “debido a que ese fool está revestido a veces con las insignias del bufón”. Lacan dirá: “El valor del intelectual de izquierda, en mi opinión, consiste en esa sombra feliz, en esa foolery fundamental.” En oposición, el intelectual de derecha, “knave”, no es el cínico, sino el villano; el que no retrocede ante las consecuencias y se confiesa canalla cuando es necesario. Entre foolery y knavery se da un entrecruzamiento que culmina en lo que Lacan denomina “canallada colectiva”.

Para finalizar, se hace mención a la diferencia que Lacan señala respecto de lo verdadero y la verdad: lo verdadero es que dios está muerto desde siempre y él no lo sabe. Esto cambiará la formulación de la ética para el psicoanálisis. La verdad en Freud es que el goce permanece interdicto para nosotros desde siempre, desde antes de que supiéramos que dios está muerto. Entonces, no se trata del amor y del bien: el otro entraña el mal y a partir de esa premisa se fundamenta el mandamiento religioso basado en una ética del bien.