Clase 10

"Acerca del poder de las palabras en psicoanálisis”  

Carolina Fontán

 16 de octubre

Reseña de Verónica Ortiz

“Es el poder de hacer el bien, ningún poder tiene otro fin, y por eso el poder no tiene fin, pero aquí se trata de otra cosa, se trata de la verdad, de la verdad sobre los efectos de la verdad.”

J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos.

 

Carolina Fontán nos recuerda, de entrada, la necesidad de apartarnos de la ingenuidad. Se refiere, explícitamente, a la política del psicoanálisis, que orienta la praxis- lo sepa o no- quien la sostiene. Es decir, como enseña Jacques Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”, es el deseo de analista (política) aquello que orienta el manejo de la transferencia (estrategia) en la interpretación (técnica). Pienso yo, también, que esa “ingenuidad”, la del eclecticismo, o la de suponer que un practicante del psicoanálisis puede permanecer por fuera del Otro de una institución analítica visitando, a la manera del “grupo de estudio” (vestigio universitario) varias de ellas a la vez o alternativamente, esa ingenuidad, digo, se asemeja mucho a la hegeliana figura del “alma bella” que Lacan acercó a la histeria. Para estar en el psicoanálisis y, por lo tanto, en su política, se requiere un deseo decidido.

Retornemos a la exposición.

Una vez definida la praxis como el abordaje de lo real por medio de lo simbólico [Seminario 1] se impone tomar en consideración su herramienta principal: la palabra- aunque sin desconocer- agrego- la importancia de la presencia y del silencio del analista-. La palabra pone en juego la sugestión y, entonces, se impone estudiar qué diferencia el uso de la palabra en psicoanálisis del ejercicio de un poder. Afirmaba Lacan en el escrito ya citado: “Pretendemos mostrar en qué la impotencia para sostener auténticamente una praxis, se reduce (…) al ejercicio de un poder.”  Aun cuando ese poder vista los ropajes de “poder de hacer el bien”. Es decir, cada vez que el terapeuta queda enfrentado a su propia impotencia, comienza a ejercer un poder. Y los practicantes del psicoanálisis no están eximidos de correr este riesgo.

Fontán hace en su clase una lectura intertextual de “La dirección de la cura…”, de Lacan con Fundamentos de la clínica analítica, de Germán García. Pasa por el advenimiento del sujeto dividido en el campo del lenguaje, la sugestión y el ejercicio del poder, la demanda de sentido y la interpretación analítica, el analista, la política y el deseo de analista para, finalmente, proponer una reflexión acerca de los modos de agrupamiento analíticos, sus instituciones.

El ser humano es un ser que habla. Esto implica, de entrada, en su llegada al mundo, que el advenimiento del sujeto tiene lugar en el campo del Otro del lenguaje. El enfans se topa con el poder del lenguaje, que lo obliga a dirigirse al Otro, dueño del poder discrecional del significado y que a su vez se instituye como Ideal del yo. Es en este punto que García explica en Fundamentos…- esta vez en relación a la clínica, a las terapéuticas variopintas- que el ejercicio del poder consiste en alienar al sujeto como moi y obligarlo a corregir su imagen según las exigencias de ese Ideal.

Freud reconoció que en la sugestión estaba el principio de poder, pero también comprendió que éste no le daba la solución al problema sino a condición de no usarlo, porque ahí es cuando la transferencia comienza a operar. Entonces, tenemos por un lado sugestión del lenguaje y por otro un análisis posible a partir de la transferencia. “Si no hay análisis a través de la transferencia de esta sugestión del lenguaje, entonces hay ejercicio de poder. […] El poder que no se usa, se desarrolla como transferencia, el poder que se usa, se desarrolla como sugestión”, enseñaba G. García.

Quien consulta dirige su demanda, su sufrimiento, al analista. Es una demanda de significación, de palabras que otorguen algún sentido a lo que le sucede. “Lo importante es poder ubicar qué pide un analizante,” afirmaba García, “cuando un analista responde a esa demanda con significantes, estamos en el plano de la sugestión”. En este punto resulta de importancia recordar lo que sostenía Sigmund Freud: que no se trata de darle sentido a lo que el otro dice, sino de tener claro que en eso que el sujeto dice, hay un sentido. Importa que el analista tenga alguna idea del lugar que ocupa en el otro, más que el contenido de lo que dice.

Fontán extrae del libro de García una orientación clínica fundamental: “Es necesario que el analista esté en otro lugar para que en el lugar del analista esté la interpretación… la interpretación no puede regresar ahí si ese lugar está ocupado por el analista”, es decir, por su persona, por sus ideales, por sus ganas de hacer el bien. De lo contrario, las intervenciones hallarán un inevitable destino: la reeducación emocional del paciente, la identificación con el analista, la repuesta a la demanda. Se dirigirá, entonces, no ya la cura sino la vida del paciente.

Para concluir, Fontán trae a la discusión dos referencias, una de J. Lacan, la otra: el “efecto Mullman”.  Según la primera, “el peligro de la formación de todo grupo es que se ampare en el privilegio de las verdades no discutidas”. Según la segunda, “toda institución parece estar condenada a reprimir aquello mismo que la constituyó”. Es así que debamos permanecer atentos a los efectos de grupo en nuestra propia institución, en una posición que supone un esfuerzo de lucidez y un deseo decidido en el campo inaugurado por la causa freudiana.

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