Clase 1

"El malestar del sujeto”

  Félix Chiaramonte

19 de marzo de 2021

Reseña de Verónica Ortiz

 

Parece una alusión a la  Elena Bellamuerte de Macedonio Fernández, pero es un anhelo- ¿por qué no un deseo?- de J.-A. Miller: “Me ocupo para que la enseñanza de Lacan permanezca activa, para que no entre en el museo, si entrar en el museo quiere decir volverse inofensiva.”

Félix Chiaramonte toma muy en serio esa indicación- nos la tomamos en serio en la APSaT- y comienza justamente por ahí. A evitar: la pretensión de enciclopedismo y el modo “pedagogizante”. A hacer: conocer las referencias y los contextos de Jacques Lacan y continuar revisando la obra de Sigmund Freud. “A los que quieren hacer un camino en el psicoanálisis les digo que se trata de una ética de las lecturas, que implica ser analítico y no simplemente universitario.”

 

Se trata de la clase inaugural del Seminario anual. Importa entonces dar cuenta de su título- “La singular ética del psicoanálisis”- que lanza a rodar tres palabras, poniéndolas en tensión: psicoanálisis, singular, ética. ¿Cómo se entrecruzan y qué resonancias adquieren al intersectarse? Es lo que pretendemos explorar este año. Por su parte, Chiaramonte resalta un aspecto que podríamos llamar estructural, en el sentido de que no hay psicoanálisis sin ética y otro coyuntural, el contexto pandémico, que permite esbozar una hipótesis: la explosión de los goces como consecuencia del COVID 19 en el ya explorado escenario de “ascenso al cenit social del objeto a”, que bien ha destacado J.- A. Miller en Lacan. ¿Para qué? Importa el para qué. Cito: “[…] otorga una continuidad  a los problemas que plantea la clínica y nos revela la política que nos damos, sin dejar de lado la extimidad del sujeto en la cultura”. Tal es entonces nuestro programa, que incluye, asimismo, trazar las líneas divisorias entre ética y moral.

 

Con respecto a la escena social, Chiaramonte comenta brevemente un reportaje de la BBC a Nicholas Chistakis- investigador de la Universidad de Yale, sociólogo, médico y profesor de Ciencias Sociales y Naturales- en el que este último reflexiona acerca de la pandemia y sus consecuencias a corto y mediano plazo.

 

En lo que respecta a la que hemos llamado la relación “estructural” entre ética y psicoanálisis, la referencia que elige Chiaramonte es de Germán García, quien en su Diversiones psicoanalíticas afirma “Lacan sitúa a la ética sobre el eje del principio de la realidad y del placer” y pasa a estudiar lo que denomina las dos grandes cualidades que Freud no deja de calificar de monótonas: lo inmóvil y lo móvil. Es la palabra “lo que permite desplazar este juego de lo inmóvil de un principio y la movilidad del otro principio”. Entonces tenemos algo inmóvil, el objeto causa, que no tiene arreglo social y aquello que sí tiene una función social, la simbolización.

 

Félix insiste con que no se trata de estar muy informado sino de un modo de leer: buscar cuál es el problema. ¿Y cuál es el problema en El seminario Libro 7 “La ética del psicoanálisis”? Lacan plantea – dice Chiaramonte- el problema de los ideales analíticos, del amor humano o médico, de la autenticidad y de la no-dependencia. Vemos que son varios. Está también el problema de la felicidad, de la promesa de felicidad hecha a quien consulta. Con respecto al optimismo médico de reducción de la morbilidad, somos invitados a la lectura de Apuntes para una teoría del pesimismo- ¡vaya título!- de un contemporáneo de Freud, Georg Simmel, sociólogo y filósofo, que en 1900 manifiesta que el optimismo tiene “su fundamento […] en la convicción racional o sentimental de que el hombre es el centro, el sentido y el objetivo final de la Creación”. Sabemos que Sigmund Freud provocó daños irreparables a esta concepción con su malestar en la cultura, su porvenir de una ilusión, su más allá del principio del placer, su compulsión a la repetición, su reacción terapéutica negativa, su pulsión de muerte.

 

Y hete aquí otro problema central: el de la moral. Chiaramonte señala que en las primeras clases de su seminario Lacan explicita que se ocupa de ética y no de moral aunque resulte imposible desconocer que “nadamos en problemas morales”. En este punto, una precisión importante, que guiará el curso de nuestro seminario 2021: “La experiencia moral de la que se trata en el análisis es también aquella que se resume en el imperativo original que propone lo que podría llamarse en este caso el ascetismo freudiano -ese Wo es war, soll Ich werden, en el que desemboca Freud […]. Su raíz nos es dada en una experiencia que merece el término de experiencia moral y se sitúa en el principio mismo de la entrada del paciente en el psicoanálisis”. Revisemos entonces: la pregunta acerca de donde Ello era ¿qué? debe advenir, (máxima ascética freudiana sujeta a controversia). ¿El yo? ¿La felicidad de la no dependencia, de la autonomía, de la armonía, de la sutura de la falta? ¿O un sujeto dividido sin el cual no habría la entrada del paciente en análisis y menos aún un análisis llevado a su fin?

 

En este punto, nuevamente el recurso a la claridad de la enseñanza de G. García: “La moral no es más que las costumbres de un pueblo. Pero la ética intenta ser lo que da cuenta de la estructura real de la moral” […] Cuando se dice que no hay clínica sin ética se plantea la pregunta de si el pedido del analizante es un pedido de felicidad. ¿Cuál es la respuesta del que analiza? […] Se trata para Lacan de plantear qué ética corresponde a un fin de análisis a partir del cual el sujeto va a advenir, pero no según el ideal que tiene el analista”.

 

Concluye así Chiaramonte que la ruptura del psicoanálisis de Freud y Lacan con los ideales y las morales precedentes, a partir de una clínica que tiene en cuenta su relación a lo real, es lo que quiebra con la pastoral posfreudiana que pretende conciliar los contrarios en un paraíso idílico.

 

Entrando ya en el meollo del problema, el enseñante extrae unos párrafos de Crane Brinton en su Historia de la moral occidental  y confronta su posición con la de J. Lacan:

El primero: “Utilizaré los términos moral y moralidad en un sentido algo menos evidente (…) Si conducta se emplea de modo consecuente para indicar lo que los hombres hacen y ética para indicar cómo aprecian el valor de sus actos, el término moral podrá ser utilizado para resumir toda la situación humana que supone la existencia tanto de la conducta como de su evaluación, tanto del “es” como del “debería ser” en la conciencia humana de pasado, presente y futuro.”

El segundo: “Nadamos en problemas morales” […] “La experiencia moral es la referencia a la sanción, que marca una tendencia, una dirección, engendrando un ideal de conducta, mientras que la dimensión ética va más allá del mandamiento, o sea del sentimiento de obligación.”

 

En este punto la clase se introduce en un nudo crucial al tema que nos ocupa: placer, realidad y goce. Reconocemos allí la alusión a los principios de placer y de realidad freudianos y su relación con el goce lacaniano, cuestión nada sencilla.

No pretendo agotar aquí el desarrollo de Chiaramonte sino señalar algunos mojones del recorrido que propuso, no solo para esta clase sino para las sucesivas:

  • Tesis freudiana retomada por Lacan en su valor subversivo de cualquier intento terapéutico del lado de la ortopedia del yo: “La ley moral, el mandamiento moral, la presencia de la instancia moral es aquello por lo cual, en nuestra actividad en tanto que estructurada por lo simbólico, se presentifica lo real -lo real como tal, el peso de lo real” [...] “La ley moral se afirma contra el placer”.

  • Germán García en Actualidad del Trauma sostiene que lo real no es algo que se deje adormecer por una charla. “Ese agujero, o núcleo  traumático, hace hablar, ordena el discurso.”

  • Lacan va a decir que luego de oponer principio de realidad y principio de placer, Freud plantea el más allá del principio del placer con ese rostro opaco del instinto de muerte.

  • Lacan sostiene que la oposición del principio del placer con el principio de realidad fue rearticulada a lo largo de toda la obra de Freud, en 1895 el Proyecto, en 1900 en la Traumdeutung, capítulo 7, con los procesos primario y secundario, gobernado cada uno por placer y realidad respectivamente, en 1914 con el sueño del padre muerto, y en 1930 con El malestar en la cultura.

  • Lacan llama atención acerca del coraje y la honestidad intelectual de Freud cuando admite que encuentra “una inadecuación radical” del organismo. Caracteriza como una experiencia de orden moral a la experiencia clínica misma frente a las neurosis, frente a las cantidades indomables, frente a la inercia de los síntomas.

  • Hacia el final de la clase “Placer y realidad”, Lacan puntualiza tres órdenes: 1) Un sujeto de la experiencia psíquica, que corresponde a la oposición principio de realidad/principio del placer. 2) Un proceso de la experiencia, que corresponde a la oposición del pensamiento con la percepción. Esto es lo que llama Freud “realidad psíquica”. Por un lado es el proceso en tanto que proceso de ficción, por el otro un proceso apetitivo, de búsqueda, de reconocimiento, de nuevo hallazgo del objeto, la otra cara de la realidad psíquica. 3) Finalmente, y en relación al objeto, se oponen lo conocido y lo desconocido.

  • Por último en esa clase Lacan plantea dejar como interrogación el sustrato de realidad de la operación subjetiva. Queda claro que “Ni por un instante Freud piensa identificar la adecuación a la realidad con un bien cualquiera”, y menos aún con el Bien aristotélico, como había señalado Chiaramonte con anterioridad.

 

Otro aporte: una conferencia de J.-A. Miller [1989] sobre “La ética del psicoanálisis”. Se trató de una puntualización detallada, debido a lo cual los remito a la lectura de la conferencia. Recortaré solo algunas cuestiones de crucial importancia para el tema que nos ocupa:

  • Tal vez no haya otro programa que el programa del principio del placer, tal vez lo que coincide con la incidencia del malestar en la cultura sea justamente ese esfuerzo por eliminar el displacer. Placer y dolor son innatos, mientras que bien y mal no lo son.

  •  “Freud hace del Lustprinzip una ley, a la cual ningún fenómeno escapa” y lo compara con Kant en donde el imperativo categórico es un hecho de la razón, por lo que ese principio freudiano podría ser el hecho del inconsciente.

  • “El placer escapa a la moderación y al cálculo, y no tiene una alianza con la razón”. Y su aplicación se da en los sueños, alucinatoriamente, no en la realidad, es por eso que Freud inventa el principio de realidad, que como bien sabemos es el reaseguramiento del principio del placer. Subrayo esto último, ya que debemos despertarnos del adormecimiento acerca de la supuesta oposición entre ambos principios.

  • Miller se plantea acordar los dichos de Freud con el problema de la ética. Y lo hace proponiendo el goce como nudo. “…es un fracaso del programa de la cultura el que pone en marcha el programa ético que intenta realizar la renuncia de las tensiones y lograr ese cero.” Y aquí una afirmación que con la fuerza de la poesía- sostengo- realza su potencia clínica: “Quizá la curación no sea sino aislar esa cantidad que es la causa secreta de la puesta en marcha de todos esos aparatos, esa cantidad irreductible que es la causa fundamental de la puesta en marcha del principio del placer, el secreto de la realidad, el misterio de la cultura y el enigma de la ética”.

  •  “El lenguaje en Lacan está en el mismo lugar del principio de placer de Freud, y es en el último Lacan, el que da cuenta de la obliteración del goce, y presenta al a como el resto de esa operación de borramiento. Es decir que la lingüística de Lacan está hecha para dar cuenta de la metapsicología freudiana”. Lacan sostenía que no es la ley lo que prohíbe el acceso del sujeto al goce, es el placer”. Y Miller agrega, es el lenguaje mismo.

  • Historización en tres tiempos de la teoría freudiana de las pulsiones: 1) pulsiones yoicas y de objeto, 2) libido unificada con desplazamientos entre el yo y el objeto 3) libido del yo y objetal opuestas a pulsión de muerte. Y un cuarto tiempo freudiano 4)  “El sentido de toda la ética del psicoanálisis, conexión hecha por Lacan, el goce como nudo entre pulsión de muerte y libido, una patología del placer en el displacer”. [El subrayado es mío] Esto ordena la clínica: “El nombre de goce traduce fundamentalmente lo que resiste a la moderación del principio de placer”.

 

Félix Chiaramonte concluye su exposición en dos movimientos. El primero, un nuevo reconocimiento a la enseñanza de Germán García, esta vez en su prólogo a El deseo de Lacan, en el que se pregunta qué es lo decisivo y se responde “Que el legado de Jacques Lacan se transforme en un programa con una fuerza vinculatoria; que la sugestión de la moda no haga olvidar la verdad de la seducción; que el estilo de aquella enseñanza sea ejemplar para quien la prosigue.” El segundo movimiento, una hipótesis: si el deseo es lo que se hace, la ética es el cómo.

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